ALVARO JACOBO PEŐĀREZ

LosultimosperrosdeShackletonPor diferentes motivos se marchan los hombres a los confines abandonados del mundo. A algunos les impele solamente el af√°n de aventuras, otros sienten una intensa sed de saber, los terceros obedecen a la seductora llamada de unas voces quedas, al encanto misterioso de lo desconocido que les aleja de los senderos rutinarios de la vida cotidiana‚ÄĚ.

Ernest Shackleton, 1901.

 

‚ÄúDadme el invierno, dadme los perros y quedaos con todo lo dem√°s‚ÄĚ.

  1. F. Scott:

 

No quiere renunciar. Para seguir camino

acepta que la vida se refugie

en una habitación que no es la suya.

La luz se queda siempre detr√°s de una ventana.

Al otro lado de la puerta

suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario

aprender a vivir en otra edad,

en otro amor,

en otro tiempo.

 

(Las razones del viajero Luís García Montero)
A mis compa√Īeros de expedici√≥n, Susana, Felipe,Bego√Īa y Carmen.

A nuestros guías, Jéremy y Griselda, auténticos musher

robados al tiempo.

A Moka, Kieli, Socks y Arrow, que me domesticaron

y me ense√Īaron a amar a√ļn m√°s la naturaleza.

A la memoria de Musti

 

¬°¬°Alleeeez Moka, Kieli, alleeeeez!! Cierro los ojos y a√ļn siento el fr√≠o en mi cara, la velocidad, el ladrar de mis perros, mi reflejo en sus ojos, sus huellas sobre la nieve. L√≠neas sobre un mapa desconocido de soledades blancas. La luz especial del final del invierno √°rtico. Y nada m√°s. Nada m√°s salvo la taiga, los bosques y lagos helados, el silencio‚Ķ

 

Cuando el recuerdo a√ļn tiene el color blanco, el olor a mis perros, a hoguera, a trineo, a bosque, empiezo a escribir. Y al hacerlo me doy cuenta una vez m√°s c√≥mo al llegar, mientras repaso mi diario de viaje, lo que contiene la maleta es lo que somos, y lo que recordamos es lo que desear√≠amos ser. Pero eso forma parte del viaje, y del camino.

Siempre sue√Īo con el blanco. Por muchos viajes que haya hecho a las latitudes √°rticas, por muchos territorios que haya recorrido por el Gran Norte, siempre tengo la necesidad de volver, de descubrir rincones, de andar por caminos que nunca pens√© que podr√≠a alcanzar. Gran viaje o peque√Īo viaje, lo importante es el esp√≠ritu n√≥mada y la necesidad de sentir el silencio blanco. Y no necesito una excusa, tan solo una oportunidad.

Y la oportunidad vino de mi familia de Alaska y los compa√Īeros de Tierras Polares y Norwide. Familia, s√≠, porque eso supone para m√≠ Felipe, Bego√Īa y Susana tras tantas experiencias juntos. Ellos me tendieron la mano para formar, junto a nuestra monta√Īera Carmen, la nueva expedici√≥n al blanco. Poco sab√≠a sobre lo que me esperaba, s√≥lo el lugar, el c√≠rculo polar finland√©s; y el medio, la conducci√≥n aut√≥noma de un trineo de perros. Pero donde termina el conocimiento, empieza la imaginaci√≥n.

No necesitaba nada más. El recuerdo, en mi infancia, de lugares sin mapa, sin tiempos, de auroras boreales y caminos helados, de taiga y ecos de la llamada de la naturaleza que cantaron Jack London o David Crockett, hizo el resto. Sentir la naturaleza como lo hicieron los viajeros árticos y antárticos del siglo pasado. Alcanzar, recordar un mundo en el que una vez creí. Recordar a Amundsen, a Peary, a Shackleton.

Shackleton: Ben Clark, un enorme poeta del que tom√© el t√≠tulo que da nombre a esta narraci√≥n, lo define como un ser enamorado, un desastre sentimental que en su sue√Īo de cruzar¬†la Ant√°rtida¬†de punta a punta a trav√©s del polo quiso unir por unir, un mar y otro mar, conectados por el sencillo deseo de la propia uni√≥n, mientras el¬†Endurance¬†se aplastaba poco a poco en el hielo. Y para ello, para vivir en un lugar incompatible con la vida, decidi√≥, como hizo Amundsen en la carrera al Polo Sur, llevar decenas de perros, como parte del sue√Īo, a pesar de su tr√°gico destino. Shackleton, cuyo legado ser√≠a hacernos entender que las fuerzas hostiles del mundo pueden ser domadas, que no hay m√°s que enfrentarse a las olas, plantarle cara al viento, que el fr√≠o es una palabra muy peque√Īa en casi todos los idiomas, pero el amor y los sue√Īos, en cambio, no entienden de distancias ni de rumbos, ni los planes sirven para nada.

Como Ben, como Shackleton, no quer√≠a renunciar al espacio del sue√Īo. Y me lanc√© a la aventura, al sue√Īo del trineo de perros, de la expedici√≥n en la taiga √°rtica, sin planes y sin distancias. Con la necesidad de recordarme que es necesario atravesar las fronteras de nuestra raz√≥n, todo eso que somos y no cabe en lo real. Con la necesidad de recordarme algo que se nos olvida a menudo, que hay algo que debemos saber hacer: vivir.

 

As√≠ que abr√≠ maletas para alcanzar coordenadas del c√≠rculo polar √°rtico, hacia parques naturales que no conocen fronteras pol√≠ticas, hacia¬†la Laponia¬†de los Sami, hacia la frontera rusofinlandesa. Nos esperaba una de las reservas naturales m√°s salvajes y ex√≥ticas del planeta, y no pod√≠a evitar imaginar en mi mente, cada noche, esta tierra de frontera para el hombre: la¬†Terra Ultima,¬†la m√≠tica¬†Thule, como se denominaba en la antig√ľedad las fr√≠as tierras del Norte, donde el mundo se acababa. No pod√≠a evitar recordar c√≥mo pasaron por all√≠ los viajes de exploraci√≥n en busca de nuevas rutas y de los pasos noreste y noroeste. C√≥mo, desde que se tiene memoria, hace m√°s de cuatro mil a√Īos, sus gentes ya utilizaban trineos, amaestraban perros y eran grandes cazadores respetuosos con la naturaleza

Y con ese pensamiento, Susana, Felipe, Bego√Īa, Carmen y yo, nos vimos atrapados por el viento del norte, volando hacia Kuusamo. Ya en el vuelo contemplamos enormes extensiones blancas, rotas por r√≠os, lagos helados o bosques de con√≠feras. Eso excit√≥ a√ļn m√°s nuestras ganas de aventura. Y las bajas temperaturas al salir del avi√≥n no hicieron m√°s que aumentarlas. Adem√°s, est√°bamos rodeados por un grupo numeroso de expedicionarios que parec√≠a convertir a Kuusamo en territorio fronterizo con lo salvaje. All√≠ nos esperaba el equipo de Norwide para trasladarnos al parque natural de Hossa (en el idioma sami¬†Huossa¬†significa ‚Äúun lugar lejano, salvaje‚ÄĚ), al norte de Kainuu, durante m√°s de una hora en coche, rodeados por un relieve de origen glaciar y lacustre. Este ser√≠a nuestro punto de partida.

 

 

 

A uno le cuesta imaginar que en medio de la nada, entre grandes extensiones de un paisaje blanco infinito, tan s√≥lo alterado por una carretera secundaria que intenta no ser engullida por la nieve, existan instalaciones como las del centro base de Norwide. A las puertas del parque, a cien kil√≥metros de cualquier n√ļcleo de h√°bitat, encuentras un peque√Īo hotel, con su bar restaurante (epicentro de la vida social en muchos kil√≥metros a la redonda, como pudimos comprobar), sauna, caba√Īas, motonieves, gasolinera‚ĶTras instalarnos en una caba√Īa (m√∂kkit) al pie de un lago helado conocimos a J√©remy, un joven franc√©s que ser√≠a nuestro gu√≠a (y, con el tiempo, un gran amigo) para la expedici√≥n. √Čl nos inform√≥ en l√≠neas generales del itinerario, de las condiciones, de las instrucciones para el d√≠a siguiente de iniciaci√≥n con el trineo‚ĶCon el coraz√≥n exaltado fue muy dif√≠cil dormir, a pesar del cansancio, as√≠ que Susana y yo aprovechamos para compartir experiencias, sue√Īos, y mirarnos hasta la madrugada felices del reencuentro y de la aventura que nos esperaba.

 

Cuando abrimos los ojos a primera hora ya descubrimos c√≥mo esta regi√≥n remota guardaba el secreto del silencio. Se dice de los finlandeses que viven el silencio como ning√ļn otro pueblo de Europa, y pudimos dar fe. Y m√°s teniendo en cuenta lo escandalosos que somos para hablar la mayor√≠a de los espa√Īoles. Al abrir la puerta de la caba√Īa, un hermoso manto blanco lo cubr√≠a todo. Aqu√≠, durante el invierno, los √°rboles se cubren de hielo y nieve adoptando formas caprichosas, cual gigantes que cuidaran el norte de¬†la Tierra: los Centinelas del √Ārtico. Por las baj√≠simas temperaturas todo se hiela de una forma que en la blancura infinita nada parece existir. Pero los √°rboles no han muerto, sino que permanecen en pie a la espera del verano, cuando nuevamente volver√°n a reverdecer. Y por esa blancura fuimos dibujando nuestros pasos, con cuidado de no caer, en busca de nuestra equipaci√≥n.

Para sobrellevar la expedición en condiciones nos facilitaron ropa adecuada a bajas temperaturas y nieve con la que complementar la nuestra: una parka/anorak que nos venía enorme pero que era una bendición los días de frío y ventisca; unas botas dobles (tipo Sorel, con un botín interior de forro polar) que debían ser de una talla más, con el objetivo de que entraran sin problema dos pares de calcetines y sobrara espacio para que bailara un poco amortiguando en las actividades (y así se pudiera generar la cámara de aire que debía proteger nuestros pies); unas manoplas dobles con la misma filosofía, para ponerlas encima de nuestros guantes finos; y dos petates impermeables para colocar toda nuestra ropa y pertenencias que llevaríamos en el trineo.

 
Ya preparados nos dirigimos hacia la granja de perros, a una media hora de trayecto. Norwide es un centro que alberga una granja de perros para actividades en la nieve, preciosos ejemplares de husky, alaskan malamute, samoyedo, groenlandés y seppala siberiano. Reciben la mejor de las atenciones y eso se ve en sus ojos, en la complicidad con quienes están con ellos en su día a día. Y eso es gracias a un fantástico equipo del que formaban parte Jeremy, nuestro guía, y Griselda, su ayudante. Ambos estaban esperándonos para darnos unas sencillas instrucciones que se resumían en una: nunca quites el pie del freno cuando el trineo esté parado a menos que hayas puesto el ancla (un gancho de acero unido al trineo por una fuerte cuerda y que al clavarse en la nieve o el hielo permite mantener el trineo firme y quieto). Si se te olvidaba, no había mayor problema, una sola vez que se te escapara el trineo y acabaras rodando por la nieve serviría para que no volvieras a olvidarla. Son perros que llevan en sus genes esa necesidad de tirar y cuando no notan un freno que se lo impida, no se detienen.

En general, cada¬†musher¬†(la persona que dirige el trineo) establece las √≥rdenes seg√ļn su idioma o de donde provino el aprendizaje de sus perros. De ah√≠ que los m√≠os respondieran antes al franc√©s que al castellano. Lo fundamental era que fueran √≥rdenes cortas y sonantes, y sobre todo, que siempre fueran las mismas (avant, allez, para adelante:¬†whoa, para frenar;¬†gauche y droit¬†para izquierda y derecha, etc.). Y, sobre todo, poner y quitar los arneses, colocar el tiro, y el nudo para fijar el trineo a un √°rbol y evitar que los perros se escapen al descansar. Tambi√©n aprendimos diversas se√Īas¬†con las¬†manos¬†que nuestro gu√≠a podr√≠a identificar a lo lejos, para darle aviso de si todo iba bien, necesit√°bamos ayuda o hab√≠a que parar por algo en especial. En ese punto, al mirarnos las caras, todos not√°bamos como se nos encog√≠a el est√≥mago de los nervios, y una pizca de miedo. Pero no importaba, est√°bamos ansiosos por comenzar y conocer nuestro tiro.

Nos entregaron una tarjeta de asignación con el nombre y posición de nuestros perros, para que los localizáramos y memorizáramos su lugar, fundamental, en el tiro. Y, entre el nerviosismo y la excitación de más de un centenar de perros ansiosos por correr, fue el momento en que conocí a quienes me darían todo en esta expedición: Moka, Kieli, Socks y Arrow. Y casi sin darnos cuenta, con la ayuda de los monitores de la granja, salimos para una ruta de iniciación de 25 kilómetros.

Era el √ļltimo, y de mi boca apenas sali√≥ una s√≠laba para indicar adelante. No hubo tiempo, tan s√≥lo un clamor de ladridos que acompa√Ī√≥ el movimiento de mis cuatro perros que saltaban en su arn√©s y salieron disparados. La sacudida me arque√≥, tens√≥ todo mi cuerpo, y un estremecimiento corri√≥ por mi espalda, mis piernas, hasta los pies, que intentaban aferrarse a los dos patines del trineo. A punto estuve de caer. Una vez en marcha, dejaron de ladrar para concentrarse en el tiro. Velocidad, nervios, pasmo, adrenalina, descontrol, emoci√≥n, miedo, alegr√≠a, aventura‚ĶNo existe una sensaci√≥n comparable a internarse en la naturaleza salvaje de la taiga conduciendo un trineo de perros. Mientras los animales se desplazaban s√≥lo escuchaba su jadeo, el sonido de sus pasos y el roce con la nieve helada. A nuestro alrededor, la inmensidad blanca. Viajando en el tiempo, nos sent√≠amos personajes de Jack London. Y la naturaleza acompa√Īaba: Hossa nos regalaba un territorio ilimitado de lagos, r√≠os, ca√Īones y bosques salvajes de con√≠feras. Y con m√°s osos pardos (Karhu) que seres humanos!

Pero uno no pod√≠a relajarse mucho tiempo con ese tipo de pensamientos. Tras media hora de trayecto, en una curva pronunciada en zona boscosa, volqu√© y di de bruces con la nieve. La rapidez y fuerza de mi tiro (nunca me dieron tregua) hizo que llevara a la pr√°ctica lo que se iba a explicar en teor√≠a y ejemplo unas horas m√°s tarde: ¬°¬°c√≥mo correr y recuperar tu trineo tras una ca√≠da!! Y lo logr√© con la ayuda de Bego, a quien segu√≠a en este d√≠a de iniciaci√≥n, y que unas decenas de metros delante consigui√≥ atraparlo. Tras los nervios y el miedo a perderlo, la sensaci√≥n del peque√Īo triunfo fue plena.

El paisaje era hermoso: taiga blanca, abedules, p√≠ceas, pino silvestre‚Ķ, todo un cintur√≥n de con√≠feras que abrazaba la tierra, y hasta un urogallo que nos alter√≥ sobremanera a los perros. Est√°bamos en latitudes boreales y en estas tierras del norte, las se√Īales de tr√°fico, aisladas, iban dirigidas a indicar el peligro de atropellar un reno o a la circulaci√≥n de trineos de perros, algo que te hac√≠a tomar consciencia de lo salvaje de su naturaleza. Y aqu√≠ pusimos en pr√°ctica todo lo aprendido unas horas antes, b√°sicamente no caerse. Junto a los lagos era m√°s c√≥modo, solamente ten√≠as que controlar la velocidad; pero en las zonas boscosas todo se complicaba, hab√≠a que utilizar la t√©cnica (esquivar √°rboles, saltos, curvas cerradas, cuestas, descensos de un gran desnivel). La rapidez de mi tiro me puso a prueba en cada momento.

 

Hacia el mediod√≠a hicimos una parada larga para que los perros pudieran descansar, y nosotros comer. Tras atar el trineo a un √°rbol, inspeccionamos a los perros a la vez que les habl√°bamos con palabras cari√Īosas y acarici√°bamos. Y empezamos a conocer a J√©remy: mientras cortaba le√Īa, encend√≠a con manos expertas una hoguera perfecta, calentaba la comida y fabricaba agua en una tetera a partir de nieve derretida, nos hablaba de su vida como quien tiene un √°rbol en el camino. Gracias a √©l conocimos las¬†kuksas,¬†unas tazas talladas en madera procedente de los nudos de los troncos de abedul, con dos agujeros en el mango para introducir los dedos y no quemarte cuando te serv√≠as directamente de la tetera depositada sobre el fuego; y los cuchillos de campo lapones, con mangos en madera o asta de reno, muy √ļtiles para astillar la madera a la hora de hacer hogueras o para arreglar la cuerda del tiro. El fuego nac√≠a y crec√≠a, como desafiando a la tierra nevada, y, sentados a su alrededor, comimos y re√≠mos.

Una vez renaudada la marcha, fuimos adquiriendo cada vez m√°s confianza con nuestro equipo de perros y seguimos con las pr√°cticas: colocar el ancla, los nudos para atar, el rescate de trineos‚ĶDurante el regreso not√© que mi tiro, tan alocado y veloz en cada momento, empezaba a aminorar la marcha en un trote lento. Me preocup√©, pensando que se hab√≠an da√Īado alguna pata o que ten√≠an alg√ļn problema, pero la explicaci√≥n era mucho m√°s sencilla, tal y como me dijo J√©remy: ¬°¬°no quer√≠an regresar!!!. Tras llegar a la granja, nos ense√Īaron una rutina que muy pronto nos ser√≠a familiar: quitar los arneses, colocar a los perros en su lugar de descanso, arreglar el trineo y dejarlo preparado para la ma√Īana siguiente.

 

Nuestra √ļltima noche en la base de Norwide antes de la expedici√≥n nos reservaba una sorpresa. J√©remy nos hab√≠a aconsejado que fu√©ramos a la sauna para relajarnos ante la tensi√≥n del primer d√≠a, y all√≠ que nos dirigimos.¬†La sauna es una parte tan importante de la cultura finlandesa que no se puede comparar con ninguna otra cosa. Durante siglos, ha sido un lugar para la limpieza f√≠sica y espiritual, para desnudarse en todos los sentidos de la palabra. Aprovechamos para¬†comentar las primeras sensaciones que hab√≠amos tenido sobre el trineo, con ilusi√≥n por empezar la expedici√≥n, pero en la sauna coincidimos con un grupo de j√≥venes que participaban en una carrera sobre la nieve y que se lanzaron a ba√Īarse en el lago helado frente la sauna, al que se acced√≠a a trav√©s de un camino en la nieve de unos veinte metros que se dirig√≠a a un agujero con una peque√Īa escalerilla. No pod√≠amos creerlo, la temperatura exterior rondaba las diez grados bajo cero; pero no pod√≠amos dejar pasar la oportunidad, y pic√°ndonos los unos a los otros acabamos en el agujero, cabeza incluida. A pesar de que entrar en el agua cost√≥ algo m√°s que coraje, la conmoci√≥n inicial pas√≥ pronto y en tierra firme la circulaci√≥n hac√≠a sus deberes y el cuerpo empez√≥ a calentarse. Fue el contrapunto ideal al vapor de la sauna y nos hizo sentir m√°s valientes de lo que √©ramos.

 

Tras cenar abundantemente y un sue√Īo reparador, nos esperaba el inicio de la expedici√≥n. Part√≠amos de Leveank√∂ski. Lo del d√≠a anterior hab√≠a sido una prueba, ahora empezaba el verdadero desaf√≠o: una semana lejos de la civilizaci√≥n en el camino blanco del norte. √ćbamos a recorrer entre 30 y 40 kil√≥metros diarios a trav√©s de una taiga que respiraba solitaria. Su nieve, su viento y su cielo no necesitaban del hombre, pero esper√°bamos que nos recibiera, tolerante, como exploradores, tambi√©n solitarios, que acud√≠amos a su encuentro. A mi mente acud√≠an las palabras de Shackleton, que justo cien a√Īos antes escrib√≠a: ‚Äúlos √ļnicos que permanecen indiferentes a todo esto son nuestros perros. Parecen insensibles al fr√≠o, se mueven indiferentes sobre el hielo y son capaces de dormir tranquilamente bajo la m√°s fuerte de las ventiscas. Simplemente se hacen un ovillo y desaparecen bajo la nieve que se va acumulando sobre ellos,‚Ķ, es esa capa de nieve que les cubre la que les a√≠sla del viento‚ÄĚ. (8 abril 1915).

Pero al llegar a mi trineo con mis dos petates, no los encontr√© indiferentes. A la excitaci√≥n de los perros hab√≠a que unir los nervios de mis compa√Īeros, el ser novato (ya no recordaba ni c√≥mo poner el arn√©s), colocar el ancla, la cuerda‚Ķ El entusiasmo de los perros por la salida era tal que terminaron todos aunados en un solo aullido que ahog√≥ mi propio grito. Con las piernas firmes sobre los patines y agarrando con fuerza el pasamanos, sent√≠ la velocidad y el fr√≠o golpeando mi rostro. La carrera inicial siempre fue fren√©tica, los perros ten√≠an que agotar la excitaci√≥n, pero cuando el trineo se estabilizaba, entraban en un silencio hipn√≥tico tan s√≥lo interrumpido por sus jadeos y el sonido del pat√≠n al cruzar un lago helado o rozar las enormes extensiones de nieve. Un sonido que dif√≠cilmente se olvida.

Ser¬†musher¬†no es sencillo. Uno aprende r√°pido que para intentar serlo es fundamental el amor, la paciencia y el respeto por tus perros; y cuando la expedici√≥n es de muchos d√≠as descubres que el v√≠nculo que une a un conductor con su tiro es para siempre. Es algo que los perros entienden desde el principio, y uno mismo no tarda en descubrir:¬†hombre y animal juntos en un solo y arm√≥nico movimiento. Ellos dependen de ti y t√ļ de ellos, un equipo. Una actividad que a√ļn conserva el misterio de esa primitiva uni√≥n que naci√≥ hace miles de a√Īos. Y los observo, para aprender de ellos, para conocerlos, para que me conozcan. Moka, fino, esbelto. Kieli, con su oreja derecha partida, m√°s independiente (quiz√°s porque le faltaba media lengua desde peque√Īo, de ah√≠ su nombre, Kieli lengua). Ellos, en cabeza, no parecen los cl√°sicos perros de tiro por su tama√Īo, pero son inteligentes, sobre todo Moka, un l√≠der nato, que encuentra el camino sin titubear, reacciona ante un obst√°culo, y siempre centra en la pista a Kieli, que parece aprender el oficio de perro de cabeza. Socks y Arrow, sin embargo, dada su fisonom√≠a fuerte, robusta, si responden al estereotipo de perro de trineo. Son los que realizan m√°s fuerza, rompiendo la inercia del trineo, mis¬†wheel dog‚Äôs. Y es hermoso ver c√≥mo en pocos kil√≥metros van reaccionando a mis √≥rdenes de direcci√≥n: alliez, whoaaaa, muy bien‚Ķ

 

Pronto la realidad te hace centrarte en las dificultades. Susana cae y se lleva un peque√Īo susto en el coxis que la deja dolorida, pero las atenciones de Bego√Īa y Felipe salvan la situaci√≥n. La traves√≠a, en ocasiones, era relajada, alcanzabas r√°pidamente al compa√Īero, con paradas frecuentes, pudiendo tener alguna breve charla, admirar el paisaje y sentir la taiga; pero en otros momentos, sobre todo por la fuerza y rapidez de mi tiro, ten√≠a que estar plenamente concentrado, anticip√°ndome a los perros en las curvas y las zonas t√©cnicas y as√≠ poder evitar la ca√≠da y la posible y fat√≠dica p√©rdida del trineo. Pocas veces pude relajarme hasta el punto de sacar la c√°mara de fotos. Pero para eso estaban las paradas para comer, como en Soidensuo, d√≥nde las hogueras de J√©remy y las comidas preparadas por las cocineras de la base (esas hamburguesas, salchichas, pasteles de at√ļn y verduras; y los inolvidables postres de canela) nos proporcionaron la energ√≠a suficiente para seguir.

 

Este d√≠a nos reserv√≥ una fuerte nevisca, y los copos de nieve pronto nos cegaron. En mis gafas se cre√≥ una fina cortina de hielo originada por mi aliento, el mismo aliento que impulsaba a correr a mis perros por la misma nieve que les vio nacer. Fue precisamente esa dureza del tiempo la que nos hizo recuperar una libertad tan antigua como el mundo. Donde miraras s√≥lo ve√≠as una extensi√≥n infinita blanca que aparec√≠a barrida por una versi√≥n ligera de¬†blizzard, el viento blanco, que en su rango m√°s fuerte abre caminos y los cierra, ciega y ensordece, ya que mientras sopla el viento nada m√°s es audible. Como dice la tradici√≥n inuit, la nieve comparte con el viento la capacidad fabulosa de ser y no ser al mismo tiempo, de deshacerse en pocos segundos. Y sobre esta nieve infinita, que recog√≠a en su regazo los copos del cielo, reconoc√≠amos los caminos que durante miles de a√Īos abrieron y recorrieron manadas de carib√ļes, renos, osos y hombres. Caminos sobre los que ahora avanz√°bamos.

La pista, al abrigo de un peque√Īo ca√Ī√≥n, nos conduc√≠a cerca de la frontera fino-rusa, en plena tierra de nadie. A pesar de que el vaho de escarcha de nuestra respiraci√≥n y los copos de nieve segu√≠an ceg√°ndonos, decidimos parar justo en la frontera para inmortalizar el momento en fotograf√≠as. Aqu√≠, quiz√°s por el tiempo adverso, a√ļn se pod√≠a sentir las huellas de la guerra, en el silencio y la melancol√≠a de esa tierra de nadie.

 

Poco despu√©s, llegamos a nuestro refugio, en¬†Kavavaara¬†(a 4 kil√≥metros de la frontera). El √≠mpetu de los perros por llegar hizo volcar a Bego√Īa en la √ļltima curva, pero todo quedo en un susto (nos ir√≠amos acostumbrando a las ca√≠das siempre y cuando no perdi√©ramos el trineo). Aprendimos toda una serie de tareas que marcar√≠an el final de cada jornada: felicitar a los perros, abraz√°ndoles y acarici√°ndoles (ellos buscan tus caricias y les gusta jugar, sobre todo los m√°s j√≥venes), quitarles los arneses (con cuidado de que los m√°s revoltosos o t√≠midos no aprovecharan para escaparse, como hizo Kodiak, un perro de Bego que tardamos un d√≠a en recuperar), colocarlos en sus hileras de descanso, revisar el trineo, guardar el tiro, recoger los petates, buscar agua, cortar le√Īa, encender fuegos, colgar a secar la¬†ropa mojada,‚Ķ Los refugios que nos esperaban cada noche eran peque√Īas caba√Īas de madera que usan monta√Īeros y cazadores para alojarse. A pesar de su falta de luz y agua corriente pose√≠an cocina, chimenea y literas, con una letrina fuera y la imprescindible sauna finlandesa. En las caba√Īas hab√≠a provisiones de le√Īa que otros hab√≠an dejado, ya que las reglas no escritas del viajero n√≥rdico dicen que si hay pocas provisiones, tal vez llegue luego alguien que las necesite m√°s que t√ļ, por lo que cada ma√Īana, antes de partir, repon√≠amos la le√Īa y acondicion√°bamos la caba√Īa para el siguiente hu√©sped.
Merendamos con vituallas cosecha de Carmen (pan de higo, chocolate puro valor, infusiones de tomillo y bombones de queso y vino manchego!!) y nos dispusimos con la segunda parte de la rutina: alimentar a los perros. Hab√≠a que cortar con hacha grandes pedazos de carne (en eso Griselda y Felipe eran profesionales consumados) y prepararles una sopa para hidratarlos, vigilando darle doble raci√≥n a los m√°s delgados (que curiosamente siempre pens√°bamos que eran los de nuestro propio tiro, compitiendo entre nosotros para conseguirles m√°s comida.¬†Bajo la luna llena la nieve era azul, y por eso son tambi√©n azules las fotos que hice a los perros mientras intentaban conciliar el sue√Īo.

 

Las tareas no las sent√≠amos como una carga, sino como algo natural en la din√°mica de la expedici√≥n, y terminada la tarea tan ‚Äúdura‚ÄĚ de alimentarlos (disfrut√°bamos una barbaridad d√°ndoles de comer por ver lo felices que se pon√≠an y c√≥mo te lo agradec√≠an con esos ojazos de todos los colores, lametones y aullidos), era el momento de la sauna. En d√≠as que oscilaban sobre menos diez y cinco grados se agradec√≠a estar a 70¬ļC u 80¬ļC en la sauna. Si ten√≠as mucho calor, sal√≠as y te refrescabas con el aire fr√≠o o la nieve. Si ten√≠as fr√≠o, entrabas de nuevo en la sauna. Esta era la sauna tradicional, de le√Īa, o de humo, como se dice en Laponia. Llevaba aproximadamente una hora tenerla lista (en eso Carmen era una experta), y todo este tiempo hab√≠a que estar alimentando el fuego que calentar√° las piedras, pero los aceites y vapores que libera la madera son mucho m√°s agradables para la piel y los pulmones. La mejor forma de acabar una jornada de trineo, y m√°s cuando nuestro chef J√©remy y su pinche Griselda nos deleitaban con cenas que resucitaban a un muerto (desde sopas sazonadas con especias n√≥rdicas, a salm√≥n ahumado, guisos de las monta√Īas de Austria o un cusc√ļs de chuparse los dedos).

 

Por la noche, cuando J√©remy extiende el mapa para que apunte la ruta, mis ojos brillan de excitaci√≥n. Envidio su conocimiento pleno de la naturaleza, su facilidad en orientarse y situarse sin dudar en el punto exacto de la ruta, su habilidad instintiva para la naturaleza. Parece un aut√©ntico trampero, un David Crockett robado al tiempo. Trabaja aqu√≠ de 5 a 6 meses, en pleno invierno, desde hace dos a√Īos, en total contacto con la naturaleza. En su mirada de ojos verdes se lee mucha pasi√≥n, y siempre est√° ah√≠ para una pregunta, para una ayuda, para una peque√Īa lecci√≥n de historia. Le escucho apasionadamente, perdiendo la noci√≥n del tiempo, intercambiando recuerdos mientras voy anotando en el peque√Īo cuaderno que llevo siempre conmigo.

 

Se acercaba el corto verano de las tierras del norte, pero ahora ya no hay tantos sue√Īos entre la nieve y la luna, parece que la modernidad y las necesidades industriales pueden acabar en cualquier momento con la inmensa taiga. El avi√≥n recorre ahora las distancias que antes cubr√≠an los trineos, y los veh√≠culos mecanizados poco a poco van abarcando la labor de los perros. Y uno piensa que todo puede llegar a perderse, que quiz√°s con cada paso que da la humanidad, retrocede uno el hombre, y que la taiga llegu√© a ser un recuerdo en la memoria.

Taiga es un t√©rmino siberiano que significa bosque entre lagos. Es un medio que solamente se sit√ļa en el Hemisferio Norte, de ah√≠ deriva su nombre de ‚Äúboreal‚ÄĚ, y se extiende al sur de la tundra √°rtica, adornando el mundo de con√≠feras, abedules, alisos o chopos junto a un tapiz vegetal de ar√°ndanos, musgos y l√≠quenes. Del mismo modo que los inuit, los pobladores de la tundra y de la taiga, muestran en sus creencias nativas una base muy importante de respeto hacia el medio natural que les rodea: la naturaleza que les permite subsistir y de la que ellos forman parte. Seg√ļn este concepto religioso, no existen fronteras entre el mundo de los seres humanos, el de los animales y el de las plantas. En la mitolog√≠a se habla de un¬†Tiempo Lejano¬†en el cual todas las criaturas (plantas, animales y seres humanos) viv√≠an interrelacionadas entre s√≠, hablando el mismo idioma y con una forma parecida; hasta que el tiempo los cambi√≥ a las formas que ahora conocemos. Por ello, su gran lecci√≥n, y que uno constata en cada segundo de la expedici√≥n, es que debemos respetar la naturaleza porque animales y plantas tambi√©n tienen esp√≠ritu.

 

Los d√≠as en ruta fueron hermosos. De Kavavaara marchamos hacia el Norte y luego al Oeste, bordeando Hossanjarvi (el r√≠o de Hossan), hacia Huosivsjarvi e Ysyrj√§salmi y el lago Valkeanier. Quer√≠amos fotografiar todo (sobre todo aquellos a los que su trineo se lo permit√≠a, no fue mi caso, jeje, mis perros nunca estuvieron de acuerdo en frenar para que pudiera sacar la c√°mara) y exprimir al m√°ximo cada experiencia. El paisaje nos atrapaba.¬†Hab√≠a algo limpio, puro, en aquella soledad que se convert√≠a en parte de ti mismo.¬†Como escribe Luis Pancorbo en sus relatos sobre Laponia, la pureza del aire √°rtico, y el aspecto cristalino del paisaje, te proporcionan una especie de purificaci√≥n, una carga de blancos y azules que debes acumular en la bater√≠a de la memoria para cuando tengas que volver a la realidad urbana y rutina del trabajo. No dir√≠a que vuelas, pero andar por la nieve de abril produce una sensaci√≥n de libertad, y es algo extra√Īo al mismo tiempo, como si caminaras por espejos que sabes que no se van a romper.

Griselda iba cerrando la expedici√≥n. Durante los primeros d√≠as en que yo la anteced√≠a, me gustaba charlar con ella en las paradas. Es una chica encantadora, que ama los perros y que destila una gran pasi√≥n por la vida. Siendo de Carcassonne, va aprendiendo castellano y nos entiende bien ya que la familia de su padre es originaria de Murcia. Lleg√≥ el verano pasado a esta zona y se enamor√≥ de su naturaleza salvaje, as√≠ que decidi√≥ escribir a la compa√Ī√≠a para trabajar aqu√≠ este invierno. Admir√© su determinaci√≥n por dejarlo todo y apostar por un sue√Īo, como yo tantas veces he querido hacer.

 

El paisaje mantenía la atmósfera de un lugar perdido en el tiempo. Y cada día tomaba consciencia de la oportunidad de tantas sensaciones mientras avanzaba mi trineo. Dependía de él y pasaba horas observando mi traílla. Mirándolos uno analiza casi sin querer el ritmo del trote, su respiración, la determinación de Moka siguiendo el camino, cómo Kieli trabaja a la derecha y sus ansias de salirse de la pista, lo bien que trabajan juntos Arrow y Socks, su compenetración plena, su absoluto conocimiento el uno del otro…Los animo mencionándolos de uno en uno, en agradecimientos cortos, que seguro no entienden, aunque sí el tono, efusivo, al que responden con miradas de todo va bien. Es emocionante observar, sentir, como poco a poco saben lo que quieres, lo que necesitas, cómo responden a ello, cómo te aceptan como musher, como parte del equipo. Y, si, en esas ocasiones, como ahora al escribirlo, se escapan lágrimas por tus mejillas. Y recuerdas las palabras de Saint-Exupéry:

‚Äú‚ÄĚ-¬ŅQu√© significa ‚Äúdomesticar‚ÄĚ? ‚Äďvolvi√≥ a preguntar el Principito-.

-Es una cosa ya olvidada ‚Äďdijo el zorro-, significa ‚Äúcrear lazos‚ÄĚ.

-¬ŅCrear lazos?

-S√≠ ‚Äďdijo el zorro- Para m√≠ no eres m√°s que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. No te necesito. Y t√ļ tampoco me necesitas. No soy para ti m√°s que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Ser√°s para m√≠ √ļnico en el mundo. Ser√© para ti √ļnico en el mundo.

-Empiezo a comprender ‚Äďdijo el Principito-. Hay una flor‚Ķ Creo que me ha domesticado‚Ķ

-Es posible ‚Äďdijo el zorro-. ¬°En la tierra se ve toda clase de cosas‚Ķ.!

-¬°Oh! No es en la tierra ‚Äďdijo el Principito-.

El zorro pareci√≥ intrigado: -¬ŅEn otro planeta?

-S√≠.‚ÄĚ.

Yo ahora formo parte de ese planeta. Y como el zorro y la flor, fui domesticado por mi traílla, por Moka, Kieli, Socks y Arrow. Únicos para mí en el mundo, en ese planeta, en este planeta que creo a cada paso.

 

El d√≠a se hab√≠a iniciado con una salida muy t√©cnica y dura, una cuesta abajo, con curvas cerradas, que unido a la excitaci√≥n de los perros pod√≠a provocar ca√≠das. A los tiros fuertes como el m√≠o fue necesario a√Īadirle troncos de madera para que el trineo pesase m√°s; y soltarle a los perros de atr√°s el ultimo mosquet√≥n para que les cueste m√°s el arrastre y ralentizar la velocidad. A pesar de superarlo con √©xito, demostraba que hab√≠a momentos en que el trayecto requer√≠a m√°s t√©cnica, sobre todo en zonas boscosas, y en cuestas que hay que ayudar al tiro a superar, bajando y corriendo sin soltar el pasamanos (con la dificultad de subir de nuevo en marcha). En las curvas, sobre todo en el bosque para evitar los √°rboles, el¬†musher¬†ha de inclinarse hacia uno de los patines, con su cuerpo y tirando hacia ti mismo el trineo, y con un mucho de equilibrio evitar la ca√≠da, el √°rbol o el obst√°culo mientras los perros se vuelven y te miran como buscando una explicaci√≥n.

En otros momentos, sobre todo durante los largos recorridos sobre lagos, el tiempo desaparece, y al comp√°s de la respiraci√≥n regular, y tranquilizadora, de los perros es hermoso perderse en el horizonte de una naturaleza blanca tan libre, tan salvaje, infinita. Y los recuerdos, las emociones, te asaltan e intento retener esos instantes para mi libreta, para mis palabras, para m√≠, para que me acojan en aquellos otros m√°s oscuros, m√°s vac√≠os, que el futuro te depara. Recuerdas que ya s√≥lo quedan los so√Īadores y los adeptos a las carreras, para recorrer, a√ļn, vastas extensiones al ritmo de antes, a ese que permit√≠a tomarse tiempo para escuchar, contemplar y respirar esa naturaleza de la que est√° privado el hombre moderno. Y no dejo de sorprenderme de c√≥mo un medio del que ignoraba casi todo, me ha atrapado y me hace sentir tan bien.

 

Llegando a los refugios, cerca de los lagos, los perros se muestran tranquilos, y nos miran como invit√°ndonos a descansar. Esa tarde, el sol apareci√≥ a trav√©s del bosque, filtrando sus rayos de atardecer a trav√©s de los √°rboles y embarcadero, ti√Īendo todo de un color anaranjado intenso que nos emocion√≥. Y as√≠ va llegando la noche, a esperar los fuegos de zorro,¬†revontulet,¬†las auroras boreales. Seg√ļn la leyenda, un zorro agit√≥ su cola contra la nieve y las chispas que salieron despedidas formaron los colores de las auroras boreales. Si la noche era despejada y fr√≠a pod√≠a haber oportunidad, por eso al principio dorm√≠as con un ojo abierto y la c√°mara cerca esperando que alguien gritara: ¬°las luces del norte!; pero el cansancio te obligaba a dormir.

 

Era el momento, junto al fuego, de contar nuestras dificultades, confesar nuestras debilidades, relatar nuestras ca√≠das y haza√Īas con el trineo con un toque de humor para que asomaran las sonrisas. Aunque el cuerpo te ped√≠a descanso, las conversaciones con Susana (en torno a los miles de sue√Īos que ambos tenemos), la cabeza, los recuerdos del d√≠a, te impiden dormir.¬†Caminar sobre un lago helado, dormir en caba√Īas de trampero cerca del C√≠rculo Polar, recorrer kil√≥metros y kil√≥metros en tu propio trineo de perros, ‚Ķ todo parec√≠a experiencias sacadas de una novela de aventuras.¬†Unas horas m√°s tarde, me escapo del saco de dormir y salgo a respirar la noche, a mirar c√≥mo duermen los perros y a escuchar los √°rboles. Kodiak levantaba la cabeza sin mover el resto del cuerpo, aovillado en el lecho de nieve que hab√≠a excavado. El placer de contemplar la noche en pleno silencio.

 

A la ma√Īana siguiente acuerdo con J√©remy salir tras √©l, quer√≠a evitar frenar a mi tiro alcanzando enseguida a mis compa√Īeros como los d√≠as anteriores yendo el pen√ļltimo. Necesitaba que corrieran y sentir plenamente la velocidad, ¬°y vaya si lo hice!. En la salida¬†los perros tiraban y los arneses se tensaban contra el peso del trineo. Les aliento y entre saltos y ladridos de excitaci√≥n comenzaron a arrastrar el trineo. Lo que parti√≥ esa ma√Īana no fue un tiro de perros, fue un cohete aeroespacial de velocidad ultras√≥nica. Adrenalina pura, que se reforz√≥ al poco tiempo cuando Felipe estrell√≥ su trineo en un √°rbol, rompiendo el tiro y qued√°ndose clavado en su trineo mientras sus seis perros continuaron a√ļn m√°s veloces al quedarse sin freno. Al momento me alcanzaron (mi cara fue un poema al preguntarme por Felipe y su trineo) y al intentar cogerlos he de saltar de mi trineo porque la fuerza de diez perros me desequilibraba y hubiera acabado conmigo en el suelo. Mi trineo escapa, y enganchado mi brazo al tiro de seis de Felipe, me arrastran bocabajo sobre la nieve unos metros. A fuerza de gritos y aspavientos logro ponerme de pie, para acto seguido practicar sin querer el esqu√≠ sobre mis botas ante la fuerza de los perros de Felipe. Cuando J√©remy, que hab√≠a atrapado mi trineo y luchaba por fijar mi ancla y el suyo antes de que los perros de ambos trineos empezaran a mezclarse y pelearse, gira la cabeza y me observa llegar a lo lejos, se sorprendi√≥. Me vio llegar sin equilibrio, cayendo, levant√°ndome, esquiando ante la fuerza de los seis perros de Felipe enmara√Īados en su tiro cogido a duras penas por mis brazos. Ninguno d√°bamos cr√©dito, pero as√≠ es la aventura.

En la parada, mi coraz√≥n no paraba de palpitar. As√≠ que me derrumb√© en la nieve, tendido en medio de mis perros, entre Moka, que se acurruc√≥ contra mi, y Kieli, que pos√≥ una pata sobre mi mano. Cerr√© los ojos, descans√© con ellos, formando uno. Socks y Arrow, levantaron su hocico, me observaron y reposaron su cabeza el uno sobre el otro, tras darme su aprobaci√≥n. ¬ŅQu√© m√°s se pod√≠a necesitar? Pues coger fuerzas para la tarde, ya que nos esperaba una subida muy pronunciada, que hab√≠a que ayudar bajando del trineo y corriendo con √©l y enseguida un descenso brutal que obligaba a apretar el freno para reducir la velocidad. Superarlo con √©xito formaba parte de nuestras peque√Īas victorias. El largo descenso nos condujo a una vasta y hermosa planicie bajo el collado, formada por un lago helado limitado por masas boscosas. Los perros comenzaron a ganar velocidad para alcanzar el trineo de J√©remy y era divertido ver c√≥mo se volv√≠a Socks cuando frenaba para disminuir la velocidad sorprendido por no dejarles avanzar libremente. Le sonre√≠, y les dej√© correr libremente hasta el atardecer, era su derecho.

 

Un d√≠a m√°s. Direcci√≥n Noroeste, al lago Lakkavj√§rbi, cruzando el lago IIkaosi hasta alcanzar la orilla de la pen√≠nsula Seipi y Hossaari. La nieve, el blanco, corr√≠a hacia la primavera, a las caricias del sol, a la calidez de la promesa del amanecer de la primavera, pero la amenaza de una bruma y una inminente nevisca se adivinaba cerca. La primera hora no tuvo demasiada complicaci√≥n. Un terreno plano y sin demasiadas ondulaciones que pod√≠amos recorrer con facilidad. Luego empez√≥ a complicarse con bosque (como dec√≠a J√©remy, el invierno es temporada de amores entre √°rboles y trineos), trayecto t√©cnico que nos oblig√≥ a zigzaguear, y tras una doble ca√≠da sucesiva, Felipe y yo perdimos nuestros trineos al llegar a una carretera. J√©remy parti√≥ a recuperar el trineo de Felipe, y en la espera sufrimos un accidente. En ese momento, quiz√°s nadie nos viese tan perdidos, Pero las miradas bastaban para ahogar las palabras. Los propios perros permanecieron inm√≥viles, callados, compartiendo el instante, seguramente comprendiendo. ¬ŅA qui√©n lamer con ojos de silencio? Lo m√°s importante en ese momento, igual que ahora, no es lo que las palabras llegaron a expresar, sino lo que no dijeron.

Nos sentimos peque√Īos, vulnerables, encogidos por la naturaleza, las ca√≠das, el paisaje blanco. Da la sensaci√≥n de atravesar la √ļltima frontera, la que separa el mundo de los hombres de la naturaleza salvaje, ind√≥mita, la tierra de la que sobran las palabras para describirla. A mi mente vienen las lecturas que hice sobre este territorio, c√≥mo la soledad y el infinito tejen los paisajes y los relatos que narran cada rinc√≥n de los hielos y la nieve. Desde el tiempo en que se hizo la luz, estas poblaciones han trazado una narraci√≥n que recoge innumerables caminos: para ellos los recodos de los r√≠os, barrancos, lagos y monta√Īas tienen nombre y sentido. El hombre no est√° solo: la naturaleza siente. Todas las cosas y los seres tienen para ellos un alma que est√° insuflada por el gran esp√≠ritu que ha respirado en ellos. As√≠, el viento fr√≠o del norte es el esp√≠ritu que procede del beb√© gigante¬†Naarsuk, quien dotado de una fuerza y un tama√Īo extraordinario subi√≥ al cielo donde se transform√≥, y ahora cada vez que su lecho se deshace sopla sobre la tierra. En cambio, el viento c√°lido del sur es un esp√≠ritu femenino que vive en un igloo de nieve. Su l√°mpara hace agujeros en la pared y entonces el aire se escapa y recorre la tierra. El viento se denomina ‚Äúanare‚ÄĚ, de donde ha llegado hasta nosotros la palabra anorak, ‚Äúlo que detiene el viento‚ÄĚ.

Como los inuit, como los sami, hab√≠amos llegado al punto de entender no s√≥lo nuestra debilidad sino el alma de aquellos que compart√≠an el camino con nosotros, sin distinci√≥n entre hombre o perro. Y esa ma√Īana tomamos consciencia.¬†El viajero sabe que no deja atr√°s ni un √°rbol, ni una estrella, ni un camino, pero si una emoci√≥n, algo que une, que te vincula y te explica a ti mismo. Y con esa idea continuamos adelante, bajo los copos de nieve que irrumpieron para purificarnos de la tristeza.

Ante nosotros se abr√≠a s√≥lo una pista blanca, que encerraba la inmensidad de la taiga, de los grandes lagos, de las colinas y los bosques de con√≠feras de nombres impronunciables; d√≠as conduciendo el trineo, como una aventura sin fin, como un sue√Īo. Me palpaba los antebrazos, inflamados y duros, como tras haber hecho horas de escalada; y sent√≠a el dolor de las manos por la tensi√≥n al agarrar el trineo. Estas ca√≠das nos pon√≠an en nuestro lugar en la naturaleza. Pero no importaba, si arreciaba el mal tiempo, cuando costaba distinguir la pista y a los trineos que iban delante, la traves√≠a se te√Ī√≠a de la √©pica de las grandes exploraciones, y eso nos hac√≠a m√°s fuertes.

Mi mu√Īeca sufr√≠a la ca√≠da, y tras inflamarse un poco agradec√≠ la salida del bosque, de la conducci√≥n t√©cnica y el nervio de ascensos y descensos. Los perros son r√°pidos e imprevisibles y en ocasiones efect√ļan movimientos para el que no tienes tiempo para prepararte. En esos momentos, para m√≠, el trineo era incontrolable y una ca√≠da casi inevitable. Pero en el lago los perros mantienen el galope de forma elegante y sincr√≥nica, y el trineo parece conducirse solo. Es una belleza contemplarlos mientras avanzas sintiendo la velocidad como una caricia fr√≠a en tu rostro. Imaginas que, en la √©poca de la fiebre del oro hacia Klondike, Jack London guiaba su trineo con el mismo orgullo, la misma felicidad. Su aventura consist√≠a en llegar a Dawson, en Alaska, con algunos miles de buscadores de oro. La nuestra, cien a√Īos m√°s tarde, no era muy diferente: la velocidad de los perros, la soledad, la naturaleza salvaje‚Ķ

Con este pensamiento llegamos a una isla dentro de un lago, rodeados de pinos silvestres, en Hossaari, donde se encontraba nuestro refugio. Tras la rutina del desenganche, las caricias, el arreglo del trineo, la b√ļsqueda del agua y le√Īa, nos dispusimos a dar de comer a los perros. Hab√≠a sido un d√≠a duro, y esper√°bamos este momento con ganas, necesit√°bamos estar cerca de nuestra tra√≠lla. Ellos nos respondieron con un cari√Īo mil veces mayor, expresado en el espect√°culo de sus aullidos. Al un√≠sono, con algunos de nosotros participando en su canto, nunca son√≥ tan profundo, tan emotivo. Nos cre√≠mos parte de ellos, de la manada. Era la llamada de la naturaleza, que no conoce especie, como la describi√≥ London:

‚ĶY cuando en las noches quietas y fr√≠as dirig√≠a el hocico hacia alguna estrella y aullaba como un lobo, eran sus antepasados, muertos y ya convertidos en polvo, los que dirig√≠an el hocico a las estrellas y aullaban a trav√©s de los siglos. As√≠ expresaban su pena, y el significado que para ellos ten√≠a el silencio, el fr√≠o y la oscuridad‚ÄĚ.

Con ese canto salvaje del mundo primitivo, todos, perros y humanos, nos rendimos al descanso.

 

La expedición iba acercándose a su fin. Tomábamos rumbo a Jatkonvaara y de allí al campamento base. A pesar de que el día nos recibió con un sol radiante, tras la nevisca del día anterior una capa de nieve reciente dificultaba la marcha sobre la pista. Pero Jéremy sabía leer la nieve, adivinando la pista y construyéndola a su paso. No dejaba de haber algo primitivo en hacerse camino a través de la nieve con tu traílla. Escribir tu propia pista, como el que dirige su propio destino, su camino, construyéndolo al trote.

Pronto nos encontramos con una gran subida. Como apenas hab√≠a pista, mis perros se hundieron casi hasta el pecho y al bajar a ayudarlos yo mismo me hund√≠ sin piedad hasta casi la cintura. Fue toda una odisea no perder el trineo, agarrado con las manos mientras los perros tiraban fren√©ticamente; intentar avanzar, hundi√©ndome cada vez m√°s las piernas en la nieve y dej√°ndome las rodillas al intentar alcanzar con ellas el freno al comp√°s de mis gritos de parada. Volv√≠ a subir, recuperando el aliento. Nada como ascender corriendo una peque√Īa cima empujando un trineo para entrar en calor. Y m√°s sabiendo que nos esperaba un descenso con el mismo desnivel, abrazados al freno. Pero pasamos, detuvimos el trineo y nos felicitamos, entre sonrisas y una felicidad casi infantil.

La nieve fresca que dificultaba el avance de los perros trajo consigo la perdida del trineo de Jéremy. Le presté el mío para que pudiera alcanzar a su tiro y durante unas horas compartí trineo con Felipe, Susana y Griselda, sucesivamente, y poniendo en práctica todas las formas de conducción doble: delante, detrás, con una pierna en el patín, con las dos…hasta que volví al mío.

Su marcha era regular, limpia, los perros tiraban en l√≠nea, r√≠tmicamente, como adivinando la llegada a la meta, a su hogar. La entrada a la granja se convirti√≥ en un frenes√≠ de gritos, ladridos, tra√≠llas, arneses. Y te descubres haciendo una foto a Moka y pensando que quiz√°s sea la √ļltima. Es duro dejarlos, cuando desenganchamos en silencio y ante los ladridos del resto de perros de la granja. De uno en uno, hacia su caseta. Ten√≠a la sensaci√≥n de que lo sab√≠a todo de ellos, su respiraci√≥n, su trote, su forma de volverse y dormir, su mirada ante las √≥rdenes de conducci√≥n, su reacci√≥n a mis caricias. Todas las horas y d√≠as que pasamos juntos en la expedici√≥n, desliz√°ndonos sobre la nieve, por la naturaleza blanca, hab√≠a creado un v√≠nculo demasiado fuerte, que no conoc√≠a en mi coraz√≥n la palabra despedida. NI en el de Susana, ni en el de Felipe y Bego√Īa, ni en el de Carmen. Pero no exist√≠a elecci√≥n, sino la continuaci√≥n del camino. Me detuve, y antes de subirme en la furgoneta, los mir√© por √ļltima vez, para fijar en m√≠ una imagen imborrable de Moka, Kieli, Arrow, Socks. Te detienes y piensas si sabr√°s vivir sin ellos. Te encoges. Supe que continuar√≠an corriendo, avanzando, jugando en la nieve. Supe que en unos d√≠as habr√≠an perdido mi recuerdo, mi voz, mi olor, mis caricias. Pero tambi√©n supe que all√≠, y durante unos d√≠as, ellos y yo fuimos uno, sin diferencia de especie. Y esa certeza me acompa√Īar√° siempre, donde vaya, a pesar de este nudo en la garganta. Moka, Kieli, Socks, Arrow, en cuyos ojos he vivido uno de los viajes m√°s importantes de mi vida.

No quisimos irnos con pena, visitamos los cachorros, saludamos a los monitores y nos hicimos una foto de equipo. Nuestro rostro, ahora que veo la foto, refleja toda la felicidad de sentirse un peque√Īo¬†musher,¬†de haber logrado un sue√Īo. Nos abrazamos, sin¬†necesidad de decir nada. No hab√≠a palabras para explicarlo.

Quiero volver a hacer camino. Lo necesito. Pero esa historia a√ļn no est√° escrita m√°s que en el hielo, en la nieve blanca, pura. Y antes que la costumbre del olvido imponga sus fronteras en el bulevar de los sue√Īos perdidos, intentar√© retener esa imagen:¬°¬° alleeeez alleeeez moka, kieli!!. Su paso, durante un tiempo, fue mi √ļnica rosa de los vientos. Durante un tiempo les deb√≠ mi libertad, y ahora quiero deberles estas palabras, antes que sus huellas se borren en la nieve silenciosa.

 

Yo soy una parte de todo aquello que he encontrado en mi camino

(Alfred Tennyson).

 

 

√ĀLVARO