Carlos Abad: Mi relato en Groenlandia| Concurso #ViajerosPolares

BOSQUES EN GROENLANDIA

BOSQUES EN GROENLANDIA

Hielo. La primera imagen de Groenlandia desde el avión es heladora. Abajo aparecen escarpadas montañas heladas abrazadas por glaciares que arrojan bloques de hielo al mar y al fondo se vislumbra el indlandsis, esa inmensa masa de hielo de hasta 2.000 metros de espesor que cubre cerca del 80 % de la superficie de la isla.

 

Con la nariz pegada a la ventanilla y la boca abierta observo por primera vez esta tierra de hielo en la que me voy a internar en un trekking de siete días a través de fiordos, glaciares y montañas y donde pretendo aprender de los bosques y de las gentes que han logrado adaptarse a uno de los territorios más extremos del planeta.

Al aterrizar en Narsarsuaq, “gran planicie” en groenlandés, se presenta un paisaje más amable, en el que el blanco y el gris helado que se veían desde el avión se han transformado en el verde de extensos prados y matorrales y hasta bosques en lo que un día los vikingos bautizaron como greenland, “la tierra verde”.

 

Al salir del aeropuerto enseguida diviso ya los primeros sauces y abedules achaparrados y, para mi sorpresa, pies dispersos y bosquetes de coníferas por las laderas cercanas: es el “Arboretum Groenlandicum”.

 

Antes de la última glaciación, parte de Groenlandia estaba poblada por diversas especies de árboles, como muestran algunos restos fosilizados. Pasada la glaciación y con la retirada del hielo, algunas especies como sauces, abedules, serbales y enebros colonizaron de nuevo las zonas costeras del suroeste de la isla, de clima más benigno. Más recientemente, de la mano del hombre se han realizado ensayos de introducción de varias especies de coníferas con objeto de analizar su posible adaptación a las condiciones locales. Así, cerca de Narsarsuaq, en Qanasiassat, se realizaron ya en 1892 las primeras plantaciones forestales con pinos silvestres y piceas, algunos de los cuales todavía sobreviven con alturas no superiores a cinco metros. Nuevas plantaciones han tenido lugar a partir de los años 50, fundamentalmente de coníferas provenientes de Norteamérica y del norte de Europa y en algunas de ellas, como las del bosque de Kuussuaq, en el fiordo de Tasermiut, desde 2005 se han realizado ya los primeros aprovechamientos forestales.

 

El “Arboretum Groenlandicum”, que tengo frente a mí, es la mayor plantación forestal de la isla y cuenta con más de 100.000 ejemplares de 120 especies arbóreas distintas, plantadas fundamentalmente a partir de finales de los 80 con el apoyo del Gobierno y diversas instituciones danesas e internacionales.

 

Sin tiempo a visitar el arboreto, monto con mis compañeros de travesía en una zodiak que nos lleva a través de fiordos salpicados de icebergs hasta Itilleq, punto de inicio del “Gran Trekking de Groenlandia”.

 

Itilleq es un pequeño embarcadero desde el que nos tenemos que dirigir a pie hasta Igaliku, el que dicen que es uno de los pueblos con más encanto de la isla y en el que pasaremos nuestra primera noche. Al poco de empezar la marcha desde el embarcadero, nos topamos con “The Children´s Forest”, una pequeña plantación forestal en la que desde 2004 se añade un árbol por cada niño que nace, diferentes especies si es niño o niña. Esta experiencia ha sido promovida por una señora danesa afincada durante años en la zona, con objeto de inculcar en los niños el amor a los árboles.

 

Esa primera noche me cuesta conciliar el sueño por la falta de oscuridad y por la emoción de haber empezado ya un viaje al territorio de los inuit, viaje que espero que me muestre algún destello de la relación de los inuits con su medio ambiente, y en particular, con sus escasos bosques. De momento he podido ver que las plantaciones forestales del “Arboretum Groenlandicum” y de “The Children´s Forest” son iniciativas promovidas por personas venidas de fuera. ¿Será representativo de la relación de los pobladores ancestrales de la isla con los árboles? Espero poder ir descubriéndolo a lo largo de los próximos días de caminata….

 

El segundo día nos toca caminar por la orilla del fiordo, observados por majestuosos pigargos europeos, mientras se dirigen a sus áreas de pesca. Al dejar atrás Igaliku comprobamos que su ubicación entre fiordos, prados y montañas y su estructura de casas de colores dispersas conforman un paisaje idílico. Sin embargo, también comprobamos que se sitúa en un enclave de difícil acceso en el que resulta dificultosa la llegada de las comodidades de la civilización. Por este motivo, el Gobierno está intentando concentrar a la población en las principales ciudades de la isla, con lo que pretende disminuir los gastos en servicios básicos a una población tan diseminada. Ello conllevaría por desgracia un mayor despoblamiento rural y una pérdida de parte de los valores tradicionales de los inuits.

 

Y es que la base organizacional tradicional de los inuits es la comunidad, una estructura muy adaptada a la vida en un medio tan hostil y en la que, explicado de un modo simplista, el hombre tenía el rol de cazador y la mujer o mujeres que pudiera mantener, el de costureras. Una muestra del papel básico de la comunidad para la vida en el ártico es la leyenda del “Quivittok”. Cuando un inuit, por alguna circunstancia desgraciada, tenía que abandonar su comunidad y se iba a vivir sólo, si sobrevivía pasaba a ser considerado un quivittok, que es un personaje sobrenatural al que se le atribuyen poderes como cazar caribúes a la carrera, levitar o hablar con los animales. ¡De otra forma se consideraría imposible que pudieran vivir en soledad en este entorno! La gente tiene miedo al quivittok y cuando van a las montañas a recolectar les dejan frutas u otros regalos.

 

Nosotros seguimos caminando por el borde del fiordo y llegamos hasta la granja abandonada de Iterlak, donde dicen que habita un quivittok. Por si acaso, no nos detenemos demasiado y avanzamos hasta la cabaña Hobiton, en la que pasaremos la segunda noche y que los inuits, hoy convertidos en granjeros, suelen usar cada otoño para recoger a sus ovejas.

 

A la mañana, dejamos atrás las zonas bajas y nos adentramos por fin en las montañas, en busca de la soledad de unas tierras que solo transitan unos pocos granjeros en la época en que suben a recoger el ganado. Durante los cuatro siguientes días de trekking tendremos que movernos en autonomía, cargando todas nuestras provisiones y equipos, aunque contaremos con la comodidad de poder alojarnos en las cabañas de Jespersen y Motzfeldt, en realidad containers trasladados en helicóptero y habilitados con cocinas y literas. En estos cuatro días podremos descubrir la belleza y rudeza de Groenlandia, o mejor dicho, del extremo sur de Groenlandia, porque la exploración del inmenso campo de hielo que ocupa la mayor parte de la isla quedará para otro momento… ¡o para otra gente!

 

Subimos montañas desde las que alcanzamos a ver el inalcanzable indlandsis; cruzamos ríos de los que bebemos el agua más pura que se puede beber; andamos por sendas por las que solo andan las ovejas; andamos sin sendas por morrenas y glaciares; nos bañamos en lagos bañados de icebergs; y atravesamos uno de los escasos bosques naturales de Groenlandia.

 

Aunque en la actualidad los bosques de abedules y sauces únicamente se pueden encontrar en contados valles refugiados en el sur de la isla, posiblemente antes de la llegada de los vikingos su distribución fuera mayor y fueran convertidos en pastizales. Por eso, disfruto de lo singular de este bosque e intento perderme entre abedules tortuosos de formas imposibles a los que muy pocos groenlandeses prestan interés.

 

Pero todo viaje llega a su fin, aunque al nuestro todavía le quedaba una última e interesante etapa. Terminamos nuestro trekking tras descender el valle del río Negro y una Kodiak nos lleva hasta Qassiarsuk, donde un día se asentó el vikingo Erik el Rojo y donde pasaremos nuestra última noche en la isla.

 

En Qassiarsuk recibimos unas últimas lecciones sobre Groenlandia y sus gentes. Aprendemos de los conflictos entre los inuits y los vikingos, que un día llegaron a la isla y que tiempo después tuvieron que abandonarla presionados por los primeros. Descubrimos que la vivienda de los vikingos se orientaba hacia el interior, hacia sus prados y su ganado, y la vivienda de los inuits se orientaba hacia el exterior, hacia el mar que les ofrecía sus recursos. Visitamos también el museo y vemos reproducciones de remos, lanzas, trineos y kayaks tradicionales, todos elementos indispensables para la supervivencia durante tanto tiempo de los inuits y todos elaborados en mayor o menor medida con madera.

 

¡Eso es! Ese tiene que ser el punto de conexión de los inuits con sus bosques: ¡necesitaban madera para sus herramientas! Sin embargo, la madera para sus trineos, lanzas y kayaks, tan necesaria y valorada, no provenía de los bosques de abedules y sauces; era madera de deriva que arribaba a las costas arrastrada desde Siberia por las corrientes marítimas. ¡El auténtico bosque de los inuits, que he buscado por las montañas, era en realidad un bosque en el mar!

 

Antes de partir y mientras tomo un último café junto al aeropuerto en el Blue Ice, hojeo un libro sobre la cultura tradicional de los inuits en Groenlandia, en el que compruebo que los inuits han tenido una mayor interrelación con los árboles que la que yo había sido capaz de adivinar:

 

Encuentras un sauce enano que crezca erguido y tallas una muñeca con la parte más gruesa del tallo; esta muñeca se ata bajo el gorro de un niño. Los sauces que crecen erguidos tienen mayor vitalidad que los que se arrastran por el terreno, y un amuleto como este, además de hacer que el niño crezca rápido, hace que tenga la espalda fuerte y pueda ir por la vida sin tener miedo a nada

La otra parte del tambor es el palillo. En Groenlandia el palillo golpea el borde del tambor, en el aro de madera o hueso. Es un palo de madera un poco más largo que el diámetro del tambor y puede estar decorado con una sencilla talla. No puede haber ningún nudo en la madera; estos son puntos de fuerza espirituales que provienen de los antepasados. Por este motivo era injusto utilizar un palillo con nudos en las “luchas de canciones”.

 

El avión despega y vuelvo a pegar mi nariz a la ventanilla para contemplar con la boca abierta por última vez esta tierra de hielo, roca, verde y mar. Y me siento como un inuit, con la nariz pegada a la ventana de su casa mirando hacia el mar, atento por si asoma una ballena o una foca o incluso un madero a la deriva desde su bosque, un bosque en el mar.