Islandia: algo más que hielo y fuego
Islandia evoca la imagen de volcanes y fuego bajo una tierra helada y austera. El primer nombre que la isla recibió de los primeros vikingos fue Snowland (tierra de nieve) por sus montañas cubiertas de nieve. No fue hasta después de un año difícil en el que hubo icebergs en el fiordo que la llamaron Iceland.
En la mitología escandinava, el hielo y el fuego son fuerzas que representan el caos y la creación, y quizás el fuego y el hielo de esta isla encajen bien con ese aspecto tan arraigado en la vida vikinga. La representación cósmica de la lucha por la supervivencia: el fuego derritiendo el hielo, el hielo sofocando el fuego.
Pero realmente ni todo es fuego ni todo es hielo. Islandia tiene tantas miradas como ojos se posan en ella. Cada uno capta algo diferente, a cada quien le llega un pequeño pedacito de lo que esta isla muestra … y, en mi opinión, entre todas las miradas no completaríamos el puzle de lo que realmente es este lugar.
El rugir del mar estrellándose contra la costa de paredes volcánicas que se hunden hasta las profundidades del mar. Y en ese furioso movimiento, devora la roca negra para formar columnas, arcos, puentes naturales bajo tus pies. Y es ahí donde solo las gaviotas son capaces de tener las mejores vistas de esas maravillas naturales, aunque realmente a ellas les importa poco esa belleza salvaje.
Y en ese bravío mar, tempestuoso, danzante al son de los designios de Njörðr (dios del mar y del viento) en ocasiones vislumbraba un minúsculo punto en movimiento … o quizás eran varios puntos que se iban desplazando. Observaba, miraba detenidamente para intentar adivinar. ¿Qué era aquello?, me preguntaba. ¿Igual una ballena? A aquella distancia y en aquel mar agitado, solo se me ocurría eso … ballenas, varias … quizás alimentándose.
De vez en cuando, en esta tierra despojada de casi todo menos de belleza y profundidad espiritual, un faro, generalmente blanco, rompía la línea del horizonte. Solitario, imponente en el entorno casi plano de la costa … contemplando el mar y a aquellos valientes que osaran acercarse a la merced de las furiosas aguas de un mar grisáceo.
Pero Islandia no es solo costa, mar y viento en estado puro … también es silencio. No el silencio por la falta de ruido, sino el silencio del alma. El silencio donde se percibe el murmullo del entorno majestuoso, con sus fiordos, con sus volcanes, con sus glaciares, con sus cascadas y ríos, con la tierra dorada por el frío y por el hielo, con los pequeños caballos, … con solitarias iglesias negras de inclinados tejados elevándose en la nieve, … Es la comunicación entre el espíritu de la naturaleza y el espíritu de quien escucha.
Entonces el día da paso a la noche. A una noche helada, pero que incita a mirar al cielo, a ser contemplada. Convida a descubrir sus estrellas y puede, si tiene uno suerte y con el permiso de Thor, también sus auroras. Convida a no intentar capturar la imagen de lo efímero, sino a disfrutar viendo su movimiento, … convida a fundirse con la noche oscura y ser uno con ella.
Islandia en invierno invita a mirar por la ventana con una bebida caliente entre tus manos, a dejarte sentir entre la calidez de la taza y el infinito nevado. Invita a desplegar todos tus sentidos y a sentir con todo tu ser.
¿Qué más podría decir? Mucho y nada a la vez porque, aunque escribiera mil frases más, siempre se quedaría algo en el tintero, algo que la mente olvida. Pero también permanece aquello que solo el alma recuerda, aunque no sabe expresar con palabras.
