Es difícil resumir en un solo relato todo lo vivido en una experiencia así. Han sido quince días intensos, inolvidables, llenos de primeras veces. He intentado escribirlo de muchas maneras, pero cada versión es distinta, porque cada recuerdo es tan imborrable e importante, que cuesta resumirlo.

Decidir viajar sola por primera vez no fue sencillo. Quince días de aventura en Alaska, con un grupo de completos desconocidos, resultaban emocionantes y vertiginosos a la vez. Me preparé para lo que pudiera ser, para lo inesperado, para compartir tiempo y espacio, para salir de mi zona de confort.

Primer vuelo sola, con la maleta cargada de ropa prestada, dudas y emociones. Mucha ilusión, pero también miedo. Miedo a no saber cómo me desenvolvería, a haber acertado con la experiencia, a que la realidad no se pareciera a lo que había soñado.

Mi primera vez en Alaska. Un lugar que llevaba tiempo deseando conocer, que había visto tantas veces a través de una pantalla que casi parecía irreal. Un sueño idealizado, construido a base de documentales, imágenes y anhelos.

Recuerdo la llegada al aeropuerto de Anchorage, esa sensación de no saber si estás soñando, de preguntarte si realmente estás allí. Y sí, lo estaba. Alaska era real. Más real y más impresionante de lo que jamás imaginé. Todo era exactamente como lo había soñado… o incluso mejor. Nada me dejó indiferente. Solo quería grabar cada instante en la retina y en el corazón. Alaska me dio todo, y mucho más de lo que creí posible.

Primera vez viajando durante horas en furgoneta, compartiendo el camino con personas que al principio eran desconocidas, y que terminaron convirtiéndose en familia. Qué suerte la nuestra. Qué regalo compartir lugares tan grandiosos con personas tan maravillosas.

Primera vez en que caminé sobre glaciares, volé sobre ellos, bebí de su agua helada, sentí cómo se me congelaban los pies al sumergirlos en sus ríos. Una sensación de plenitud absoluta, de pequeñez ante esa naturaleza grandiosa y poderosa.

Contemplé la grandeza de los fiordos, vi leones marinos, focas, ballenas, nutrias marinas —mi animal favorito—, osos, alces, caribúes y miles de salmones luchando contra la corriente. Fue una experiencia tan intensa que es imposible de explicar con palabras.

Viví momentos irrepetibles: ver a un águila calva pescar a pocos metros, quedarnos varados en un barco en un río glaciar, observar castores desde el lago frente a nuestra cabaña, dormir en una tumbona sobre la cubierta de un barco que avanzaba lentamente a través de Alaska.

Comí con las mejores vistas del mundo: en medio de un glaciar, en la cima de una montaña, junto a un lago, o dentro de la furgoneta en un día de lluvia, en una carretera de tierra que cruzaba parques infinitos. Cada comida, cada dia, era una experiencia en sí misma.

Probé las mejores alitas de pollo de Alaska en McLaren, y la comida casera más deliciosa en casa de Steve y Joy, personas maravilloas que abrieron su hogar y su mesa, compartiendo no solo platos increíbles, sino también historias, calma, amor y sabiduría nacida de vivir en un entorno tan salvaje y auténtico.

Dormí por primera vez en una cabaña sin agua, sin baño y sin electricidad, custodiada por la piel de un oso y rodeada de bosque en completa soledad. Y, sorprendentemente, no sentí miedo. Solo paz. Deseaba caminar, perderme, imaginar cómo sería quedarme a vivir allí para siempre, sabiendo que todo era temporal, pero que no quería volver aún a la realidad.

El último amanecer lo observé sola, en silencio, viendo cómo el sol aparecía lentamente detrás de las montañas en la bahía de Seward. Era el momento de despedirme de Alaska. El viaje llegaba a su fin, pero dentro de mí ya estaba la seguridad de que volveré algún día. Guardé ese instante muy dentro, consciente de que sería irrepetible.

Hoy agradezco profundamente aquel día en el que decidí salir de mi zona de confort, arriesgar y reservar. Ojalá la vida esté llena de muchas más primeras veces.

Angélica García Martínez – Aventura en Alaska, la ruta de la naturaleza infinita.

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