La gran vuelta infinita a Islandia

Agosto de 2011.

No puedo evitar sonreír ante la imagen que emerge en la pantalla de mi portátil; congelados en el tiempo, aparecemos Juan, Laura B., Laura V. y yo, en la cafetería Laundromat de Reykjavik. Recuerdo a Iñaki inmortalizando el momento, sonrío aún más, la cámara se convirtió aquellos días en una prolongación de su brazo.

Parece que fue ayer, pero han pasado casi dos meses desde ese instante contenido en la foto: la despedida de “La Gran Vuelta de Islandia”. No nos conocíamos de nada, pero a día de hoy no se me ocurren mejores compañeros, ni mejor guía; sin ellos, nada hubiera sido como fue: INCREÍBLE.

Durante dos semanas disfrutamos de lagos helados, cascadas, fumarolas, focas, ballenas, frailecillos, momentos de relax en hot pots y comidas en medio de “la nada”; sin olvidar la furgoneta en la que tanto nos divertimos con aquel diccionario español-islandés, la música de algún mp3 infernal y alguna broma que gastábamos a los que se dormían (pero, ¡cómo podían dormirse!).

Conocer Islandia era un sueño de infancia que durante años sobrevivió en mi subconsciente, esperando el momento óptimo para renacer. Pensaba que esa espera, esa ansia por conocerla, me llevaría en unos días al sentimiento contrario, que sería como otros lugares que he visitado, me defraudaría. Pero fue todo lo contrario; desde el principio la isla me atrapó, todo se magnificó (¿o no?) ante mis sentidos, perdí el alma en aquella vuelta, la repartí de este a oeste y el mundo tal y como lo conocía dejó de existir. Aun sin haberme ido, ya soñaba con volver.

Un día después de la despedida en Laundromat, cuando desde la ventana del avión era ya imposible avistar “mi isla” en el horizonte, cuando ni siquiera bizqueando los ojos conseguía imaginar que estaba allí al fondo, no pude reprimir las lágrimas y lloré desconsolada, como si me arrancaran el alma, esa que no tenía, porque se había quedado en Islandia. Debía volver a buscarla.

Pasé semanas con una sensación de desarraigo que no había experimentado en la vida; me faltaba algo.

Un país a miles de kilómetros del mío… Aquello no tenía ningún sentido.

Pero hay momentos en los que la casualidad, el destino, la suerte, se encarga de ponernos lo que tanto deseamos al alcance de la mano, tan cerca, que sin mucho esfuerzo uno logra lo que se propone sin saber muy bien qué ha pasado o qué ha hecho bien para merecer el privilegio que supone cumplir un sueño.

Esa es la sensación que tengo ahora mismo, porque aún sin saber muy bien a día de hoy cómo, aquí estoy de nuevo, en el país en el que perdí el alma, Islandia, en la ciudad del comienzo y del final de La Gran vuelta, Reykjavik, y en la misma cafetería en la que nos despedimos, Laundromat, viendo la foto de la foto.

Me encantaría contarles a los rubios islandeses que ocupan “nuestra mesa” lo increíble que es la vida, las vueltas que da y lo feliz que me siento por estar de nuevo en su país, que inexplicablemente casi considero como mío.

Dicen que “el Universo conspira a favor de los Soñadores”; hoy puedo dar fe de ello.

Octubre de 2011.

No puedo evitar sonreír ante la imagen que emerge en la pantalla de mi portátil. Frente a mí, congelados en el tiempo, aparecemos Juan, Laura V., Laura B. y yo, en la cafetería Laundromat de Reykjavik…

Aunque esta vez no estoy en mi cafetería favorita ni puedo ver la foto de la foto, aunque el tiempo disfrutado en Islandia a día de hoy me parece un sueño, sé que no lo ha sido.

Semanas después del reencuentro con mis recuerdos de “La Gran Vuelta”, en cuanto el avión despegó de «mi Ísland», lo supe: había vuelto dejarme el alma.

Pero no importa, “el Universo sigue conspirando a favor de los Soñadores”.

Pronto volveré a buscarla y veré de nuevo la foto de la foto.

Lore