¿Qué tiene Islandia?

Había pasado el invierno pensando en el viaje, en volver a ver campos de lava, fumarolas y solfataras; era la segunda vez que viajaba a Islandia y era consciente de que la propia orografía volvía algunos lugares casi inalcanzables. Cinco días intensos de trekking habían sido suficientes para percibir lo alejado que estaba Fimmvörðuháls, a pesar de que no era tanta la distancia kilométrica hasta la costa. Sin embargo, al llegar allí volví a sentir la ilusión de la primera vez.

Desde lo alto, la entropía se manifestaba a mi alrededor. Retorcidos jirones de lava ácida y viscosa, aún humeantes, habían sido expulsados por cráteres aleatoriamente. Pero éste campo de lava era especial; Brattafönn tenía la magia que le confería estar en un lugar privilegiado; representaba la soberanía de una naturaleza imponente, la frescura de un paisaje mutable, aparentemente sosegado y la inaccesibilidad de un lugar al que tanto había costado llegar y al que difícilmente volvería.

El olor a ácido sulfhídrico era intenso y el aire era quasi irrespirable, pero formaba parte del espectáculo que sólo allí podía sentirse en toda su amplitud.

Columnas humeantes escapaban de entre los depósitos de escorias negras y rojas difuminando, como una niebla cálida asfixiante, el fondo blanco del hielo que las cenizas habían decidido descubrir. Ya en la cima, depósitos amarillos azufrosos, mezclados con los blancos, rojos y grises de los minerales disueltos salpicaban la superficie del suelo que pisaba. Ya no quedaba lava incandescente en superficie pero el calor podía sentirse, literalmente, bajo los pies.

En aquel instante la comunión sensitiva con la escena perceptual era absoluta: el calor del suelo estimulaba el tacto de las manos, las tonalidades cromáticas provocaban a la vista, el susurro del vapor fluyendo entre las grietas incitaba al oído, el inconfundible olor ahogaba al respirar. Sólo restaba saborear el momento y grabarlo, a fuego, en mi interior para siempre.

Habría podido permanecer allí sentada, en el borde del precipicio, durante horas, observando la espectacularidad del paisaje. Islandia era uno de esos lugares en los que se ponía especialmente de manifiesto el dominio de la naturaleza frente a la insignificancia del todopoderoso ser humano. Las fuerzas telúricas se imponían a cuanto estuviera a su alrededor y todo lo que se podía observar era una buena muestra de ello.

De repente empezó a chispear. Teníamos que recoger aún las mochilas y emprender el camino hasta el último refugio del viaje y éramos conscientes de que la suave llovizna podía convertirse en lluvia intensa en pocos minutos. Al descender por la senda miré atrás por última vez; respiré, profundamente, y me encontré con la mirada de él; los dos sabíamos que al fin habíamos cumplido nuestro sueño de volver y que el tiempo que habíamos permanecido allí, en la cima, habíamos sido felices. Sin decirnos nada, nos unimos al grupo y seguimos caminando.

Resignados, cargamos las mochilas y emprendimos el camino hasta el refugio. Caminamos siguiendo las balizas amarillas y dejamos a un lado uno de los equipos de sensores que, silenciosamente, auscultaban cada segundo el latir pausado del volcán. El lago glaciar había reducido en gran medida su superficie y la siguiente cuesta se hacía ya más dura que la anterior. Al mirar a la derecha vimos, en lo alto de la colina, una pequeña casita de madera. ¡Por fin! Ahí estaba, esperándonos, el ansiado refugio. Sobre la puerta, una tabla de madera tallada, donde podía leerse con cierta dificultad “Fimmvörðuskali”, daba la bienvenida a los visitantes. Dejamos las botas en el descansillo de la entrada y fuimos recibidos por un hombrecillo canoso sonriente. Junto a él, sobre uno de los fogones de una antigua cocina de hierro descansaba una enorme cacerola; en su interior, pequeños fragmentos de hielo flotaban en el agua, resistiéndose a su inminente disolución. Aunque no hacía demasiado calor dentro de la casa, al menos estábamos protegidos del aire gélido exterior y habíamos conseguido descargar nuestras fatigadas espaldas, que era más que suficiente. Apilamos las mochilas junto al banco de madera y fuimos colgando en las perchas, uno tras otro, las prendas de ropa.

Cuando nos acostamos, sólo se escuchaba el sonido del viento, que aquella noche soplaba con furia. El cansancio, el sueño, o ambos se apoderaron de todos, antes o después.

El día siguiente amaneció gris, la niebla dificultaba la visibilidad y apenas se adivinaban las formaciones rocosas de Dyrhólaey a lo lejos. Empezamos el descenso hacia Skógar caminando lentamente sobre la ceniza. Cuando llevábamos un tiempo me detuve un instante y giré la vista atrás. Sobre la colina, el refugio aparecía como una diminuta casita de madera en la que el tiempo parecía haberse detenido mientras nuestros relojes avanzaban, resignados, hacia el fin del viaje.