Groenlandia Arcoíris

Había muchas maneras de abordar el relato de nuestra aventura en Groenlandia. Me he decantado por los colores que se me quedaron en la retina de los recuerdos.

Como el verde de la chaqueta de Antonio, a quien seguíamos por los caminos y aseguraba que no nos perdiéramos en la inmensidad. Nos hacía confiar en nosotros para superar los desafíos y caprichos del paisaje montañoso. Antonio, guía paciente, marcador de ritmos, multi-traductor, consultor meteorológico, a veces pacificador y mediador cultural, coctelero ocasional. Solía llegar la primera para desayunar y me sabía mal interrumpir su momento, el único del día consigo mismo, escuchando música clásica mientras nos preparaba la mesa y el ansiado café. Gracias por tu entrega, Antonio.

También el naranja de la lancha, imprescindible trapecio de goma. Nos abría los caminos del agua, entre icebergs, veloz, hasta lo inalcanzable de otra forma. Impactaba el contraste del color tropical con nuestro alrededor. Agarrados a sus cuerdas laterales, como podíamos, para evitar una caída posiblemente letal, recordaré nuestra despedida de la lengua glaciar: César lanzando la lancha a toda velocidad, bajo millares de charranes volando (no eran vulgares gaviotas, merci Caroline por la precisión).

El picnic era multicolor. Unas cajitas de cartón rojo resguardaban un polvo mágico que se convertía en reconfortante sopa caliente. El queso amarillo y el chorizo rojo, cortados con el afilado cuchillo marrón, provenían de nuestra tierra hispana, igual que las sardinas y los mejillones saltadores (private joke). De postre, barritas azules, sabor a elegir, gasolina envasada del senderista.

Niviarsiaq, color: lila. Lo admito, no se me había quedado el nombre de la flor nacional de Groenlandia, lo he tenido que buscar en internet. Mi búsqueda también me llevo a leer que, en idioma inuit, significa «doncella». Nos la solíamos cruzar bordeando los caminos, parecida a una pequeña orquídea salvaje con unos excéntricos pistilos verdes. Cabe decir que, con la relativa diversidad que presenta el ecosistema de la isla, lo tenía fácil llevarse el protagonismo en la categoría botánica.

Las casas, de madera, una preciosa mezcla de amarillos, azules o verdes, más o menos atrevidos, como para reflejar la personalidad de sus habitantes. ¿O será para poner alegría en la vida tan dura del empadronado en la hostil Narsaq?

Nos los encontramos allí, repartidos cuidadosamente en una roca. Unos crampones, extraña mezcla de plástico rojo y dientes gris metálico. Cualquiera pensaría que se parecen más a una herramienta medieval de tortura que otra cosa. Pues resulta que si los calzas (te tienen que ayudar porque un inexperimentado fácilmente perdería un par de dedos), te permite “pasear por un glaciar”, aunque parezca improbable esta frase. Un momento tan solemne que resulta difícil describir. Anécdota: me encontré un hueso pequeño, allí en el medio de la nada, probablemente de ave. Me pregunté si sería de un águila a quien se le hubiera escapado una presa, o si ese hueso llevaba allí atrapado desde hace miles de años y el glaciar lo estaba escupiendo ahora. La pregunta quedará sin resolver.

El turquesa y morado de las auroras boreales. La generosidad de nuestra compañera Judit, incansable, quien nos vino a despertar pasada la medianoche para avisarnos de “¡Que sí, que hay!”. Espectáculo irreal en la terraza del Leif Eriksson. El agotamiento desapareció de inmediato y disfrutamos de la danza efímera del cielo, el baile de los colores encima de nosotros, incrédulos.

Nuestra parka roja, compañera de viaje, prenda universal, señal de identidad en el mundo Tierras Polares. Nos arropábamos en ella para superar el frío de los traslados en barco. Capucha adaptable incluida para los días más lluviosos. Nos dio pena dejarla el último día en el remolque, para volver a nuestras vestimentas más comunes y urbanitas. Allí se quedaría hasta ser recogida por un próximo dueño temporal, afortunado viajero polar saliente del aeropuerto de Narsarsuaq. La mía era la M14, cómo olvidarme.

Y claro, como no, el blanco.

Comentarios (6)

    • Rosa Tenas

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      Sin haber viajado nunca a Groenlandia, puedo ver sus paisajes a través de los colores de Elise. Un precioso relato!

  1. Roberto

    Responder

    Blanco también el frío fuera de los domos. Arcoiris para viajar una y otra vez a Groenlandia. Gracias, Elise.

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