¡ENHORABUENA! Ganador Categoría Relato II Concurso Viajeros Polares 2013

Nombre y apellidos: Alvaro Jacobo Pérez
Título del relato: Alaska, El Gran Norte
Viaje de Tierras Polares: Alaska (agosto 2012)

Alaska, El Gran Norte, Alvaro Jacobo-2

Existe una región donde las montañas no tienen nombre
Y donde los ríos corren hacia lo desconocido.
(Robert Service, 1897)

Para mis compañeros de tierras polares que escucharon la llamada:
José Luís, Felipe I, Bego, Felipe II, Susana, Joan, Elena,
Federico y nuestro guía y amigo, Javier «Cherry».

Hay una raza de hombres inadaptados,
una raza que no puede estarse quieta;
rompen los corazones de sus parientes y amigos,
mientras vagan por el mundo a su albedrío.
Recorren las llanuras, navegan sin rumbo en los ríos
y escalan las cumbres de las montañas.
Llevan en su interior el sino de la sangre gitana
y nunca aprenden a descansar

(Robert Service, Los hombres inadaptados)

 

No sé con certeza cuando empezó este viaje. Debió arrancar en mi infancia, en esa etapa en la que se crecía entre la realidad y el mito, construyendo sueños a través de las lecturas de Jack London, Mark Twain, Emilio Salgari, o conociendo nombres como Malaspina, el almirante Valdés, el Capitán Cook o Vitus Bering; lecturas que hablaban de aventuras y supervivencia, de la búsqueda de oro en la cuenca del Klondike y el Yukón, de tierras boreales y noches de aurora, de peligros incontables, de bestias salvajes, tribus hostiles, bosques vírgenes e impenetrables y de grandes cordilleras montañosas; las lecturas que nos cambian para siempre, porque supone situarnos en ese camino “donde las cosas pueden ser” del que hablara Rosa Chacel.

 

Y como ese camino nunca debe abandonarse, hace unos meses quise convertir el mito en realidad. Aprendí en Groenlandia que las distancias y los días se medían en sueños (sinik) y que lo que uno quiere que suceda puede suceder, por lo que el Gran Norte empezó a configurarse como un sueño que podía ser, una realidad.

 

Al preparar el viaje, me acompañaban las palabras de Robert Service sobre Alaska: ¿Te has entregado a la desnuda grandeza de la inmensidad, donde no hay nada más que contemplar, donde las montañas alcanzan el cielo y los ríos roban el agua de los valles, atravesándolos hacia lo desconocido? ¿has borrado las huellas que tus botas dejaron, has osado adentrarte en lo lejano? ¿has entregado tu alma al silencio? Entonces, por amor de Dios, ve y hazlo. Escucha el desafío, aprende la lección, asume las consecuencias. Entonces, escucha lo salvaje, te está llamando.” (La llamada de lo Salvaje).

 

Me llamó la naturaleza salvaje, escuché el desafío y asumí el reto. Inicié el viaje.

 

Decía Jack London que en Alaska no se habla, se piensa. Y pensando en mí mismo me encontré sobrevolando, a la llegada a Anchorage, el McKinley (en indio, Denali, el Grande). Contemplar de cerca el techo de Norteamérica, la montaña más alta de los Estados Unidos y emblemática de Alaska, supone sensación de poderío de una naturaleza salvaje, grandiosa y única. No hubo palabras, solo emoción. Ya estaba preparado, la fiebre del aventurero, del trampero, del soñador, se había apoderado de mí. Y no me abandonó. Ni lo ha hecho aún.

 

Anchorage, que olía a fiordo y parecía un mirador urbano hacia las montañas modeladas por glaciares y el mar; Anchorage, como bien señalizaba su centro histórico, encrucijada entre Europa, América y Asia; Anchorage, la ciudad tranquila y superviviente, nos recibía como antesala de montañas, ríos, glaciares, bahías, icebergs e islas; de alces, osos, caribús, linces árticos, lobos y águilas calvas que sobrevolaban por tundras, frondosos bosques, valles y cordilleras. En ese momento, con la mochila a nuestras espaldas, dejamos de ser personas condicionadas por el reloj, el trabajo o las responsabilidades. Respondíamos a la llamada de la naturaleza, y hacia ella nos dirigíamos. En plural, porque no viajaba sólo, sino acompañado por nueve aventureros que rápidamente anularon distancias, y crearon un vínculo de hermandad que no conocía diferencias y sí sonrisas, ilusión y la misma necesidad de desafío. Y allí conocimos a nuestro guía, Javier, “Cherry”, “el hombre más sociable que jamás hubiera silbado por los caminos o entonado una balada ante la hoguera de un campamento”, como diría nuestro compañero London. A quien quisimos ver, no sólo como guía, sino como amigo.

 

Preparados, tuvimos unas horas para respirar el aire de la última frontera, como nos recordaba a cada rato hasta las matrículas de los coches: “the last frontier”. E igual que en la fiebre del oro bastaba un simple comentario acerca del lugar donde abundaba el preciado metal, para que decenas de aventureros se embarcaran sin más comprobaciones en empresas irracionales y sin garantías de éxito, así iniciamos nuestra propia estampida siguiendo las instrucciones de Javier y con nuestras mochilas cargadas de ilusiones y, con el tiempo, de sandwiches.

 

El poeta Robert Service escribió una vez “los caminos de Alaska tienen sus historias secretas”. Cabalgando sobre Denali Highway a lomos de una furgoneta, que se convirtió en un miembro más de la expedición, nos lanzamos al descubrimiento de esos secretos. Las cúpulas azules de la catedral ortodoxa de Anchorage parecía marcarnos el camino. La carretera atravesaba unos paisajes impresionantes en torno a la cordillera que nos adelantaban lo que iba a ser la naturaleza de los bosques de Alaska, y para prepararnos espiritualmente hicimos parada e Eklutna, aldea de los indios atabascos, para observar su cementerio plagado de coloridas casas de espíritus a modo de panteón. Talkeetna, que significa confluencia de los ríos, fue la siguiente parada. Puerto fluvial durante la fiebre del oro, fue el lugar idóneo donde degustar nuestro primer sándwich, a los pies del McKinley y rodeados de jóvenes mochileros y montañeros que preparaban sus expediciones a la gran montaña en los almacenes históricos del pueblo.

 

El primer contacto directo con la naturaleza salvaje nos lo ofreció el Parque Nacional Denali, en torno al McKinley. Toda una inmensidad de taiga y tundra, una alfombra de flores silvestres que iban mudando su color hacia la ventana del otoño, en un terreno abrupto con puertos de montaña que servían de miradores para cordilleras de rocas volcánicas de vivos colores y la majestuosidad del Denali. El autobús del parque, con su inefable Wendy al mando, nos permitió encontrarnos con caribús, alces, y una osa grizzly con sus oseznos; mientras que un pequeño trekking ascendiendo un sendero de montaña nos empequeñeció ante la visión nebulosa de los 6200 metros del McKinley. Un paisaje indómito que nos recordó el escenario primitivo de London: “yo me ví con el oro en el punto de mira, y descubrí la ética del mundo salvaje”. Quizás, como London, comenzaba a recoger la verdadera perspectiva de mi mismo. En la cabaña del Denali donde pernoctábamos recogí esta impresión del guest book: “we need more time to spend, to share, to explore…”.

 

Según las narraciones de las poblaciones inuit de Alaska, el corto verano de las tierras del Norte es especial. Bajo la luna llena la nieve es azul, y también son azules las nubes que cruzan el cielo. En la brisa se distingue el olor de la hierba fresca que empieza a brotar alimentada por las aguas del primer deshielo. El viento agita los amuletos colgados a la entrada de la casa, el hueso suena ligero entre los sueños y se confunde con el sonido de las pequeñas esquilas de los caribús. Entre la nieve y la luna se marcan los caminos, y el nuestro nos dirigía a McLaren River. Dejando a tras la tundra de Denali Highway, una lancha nos recogió para remontar el río hasta su inicio, en plena cordillera de Alaska, donde instalamos el pequeño campamento de tiendas de campaña alejados de cualquier punto habitado. La cena de salmón rojo fue la excusa perfecta para reír, contar historias y hablar de nosotros a la luz de las velas. Dormimos mecidos por la lluvia, en plena libertad. Al día siguiente, Cherry nos guió a través de la lluvia y la tundra, vadeando pequeños ríos, hasta las cercanías del glaciar, que, imponente, había sido nuestro horizonte a lo largo de todo el trekking. La soledad, el musgo, el agua tejía el paisaje. No nos sentíamos solos, la naturaleza nos acompañaba donde las montañas no tenían nombre, y el río nos llevó en el descenso en canoa por el McLaren, en silencio, donde los ríos corren hacia lo desconocido…

 

La soledad y el infinito tejen los paisajes y los relatos que narran cada rincón de Alaska. Como los aborígenes australianos; los indígenas de Alaska han trazado una narración que recoge infinitos caminos: los recodos de los ríos, barrancos, lagos y montañas tienen nombre y sentido. El hombre no esta solo: la naturaleza siente. Y la mejor prueba de todo ello fueron los días de convivencia con los tramperos Steve y Joy Hobbs (y su perro Sugar), en Slana, al norte del parque Wrangell-St. Elias, en la frontera con Canadá. Alojados en unas cabañas de madera construidas por ellos mismos, quedamos inmersos en una zona salvaje, de bosques de coníferas y arroyos junto al río Slana. Ni los mosquitos ni el miedo al encuentro con osos o lobos impidió que exploráramos la zona, con la recompensa de la excelente cocina casera de Joy (alce, salmón, ¡esas american pie!) y divertidos juegos de carta (are you ready? Spoon!). El descenso en canoa por el río Slana (en indio Slow River), nos hizo transfigurarnos en buscadores de la última frontera, haciendo piruetas entre canoas y donde hasta el aventurero Federico, nuestro fichaje italiano, cambió su nombre a indígena, the boy with the camera on his head. Escuchar el golpe de nuestros remos y el rumor del agua, nada más. Pero, quizás, lo más hermoso y sentido de estos días de tramperos fue la velada a guitarra de Steve, cuando nos emocionó dedicándonos canciones que hablaban de hospitalidad, generosidad, y sentimientos. Nos abrió su corazón, sus inquietudes, sus miedos y esperanzas. No pude evitar derramar alguna lágrima, que me hizo comprender que no necesitábamos más para sentir el sueño de naturaleza salvaje y lo que significaba la amistad en ese entorno. Esa noche, regada por la cerveza típica, Alaskan Amber, nos fuimos a dormir pensando que, en la naturaleza, el idioma no es una barrera, quien no entiende una mirada no entiende una larga explicación.

 

El río era un hombre, y el hombre marcó el camino hacía el río, y así, a través del Copper River y Kuskulana River, continuamos por la carretera McCarthy, siguiendo parte del trazado del ferrocarril que explotaba las minas de cobre de las montañas (el ferrocarril que por la orografía del terreno se le apodó “el que no circula y nunca lo hará”), impresionados por sus atrevidos puentes de hierro y madera. Y de tramperos pasamos a ser mineros a través de un viaje al pasado que nos instaló en el viejo pueblo minero de McCarthy. Poco importaba que su vocación fuera claramente turística, su ambiente de Old West te recuerda a Jack London y, como él, se sucumbe al influjo del Norte. A ello ayudaba las hermosas montañas de cinco mil metros y los dos glaciares del parque nacional de Wrangell-St.Elias que nos rodeaban. Como mineros, avanzamos hacia la mina de cobre abandonada de Kennicott, reflejo del apogeo de la Fiebre del Oro del Klondike en 1898, en un camino al que no quiso faltar la presencia de un oso negro. No podía cerrar los ojos.

 

Kennicott, hermosa huella histórica de un tiempo de oportunidades y sueños rotos, con su infraestructura minera deteriorada por el paso del tiempo, construida en madera rojiza y hierro oxidado; nos abrió las puertas hacia el Glaciar del mismo nombre en un sendero plagado de señales de la presencia de osos. El recuerdo del oso negro y las advertencias de Cherry fueron suficientes para agudizar nuestros sentidos y armarnos de piedras, bien representados por la minera Bego. A cada paso, el “miedo” se fue mutando en emoción ante el glaciar, y con los crampones bien sujetos quedamos inmersos en el inmenso silencio blanco de la lengua de hielo. Avanzar sobre grietas y ondulaciones de todas las tonalidades imaginables de blanco y azul en un glaciar que, vivo, retrocede ante el peso de la historia, te impulsa a respirar y lanzarte a escalar sus verticales paredes. Nuestras huellas anunciaban los caminos secretos de Alaska de los que hablaba Service, y sólo podías respirar profundamente y perderte en el blanco.

 

Y el silencio blanco nos brindó la oportunidad de sobrevolar sus cumbres en avioneta, y empequeñecerte al mirar por la ventanilla lo que exhibía la naturaleza: glaciares, montañas nevadas, infinitos ríos que atravesaban bosques o un antiguo barracón de la mina Erie, abandonada y desafiante en la cumbre de las montañas Kennicott. Mis ojos eran conscientes de lo irrepetible del momento, y sólo unas palabras venían a mi mente: «donde las luces del Norte bajan por la noche para bailar sobre la nieve deshabitada.».

 

Fue todo un esfuerzo dejar de ser minero para volver a ser viajero, pero la perspectiva del trayecto hacia el mar ayudó, y mucho. De los fish wheels del río Chitina, donde avistamos un alce hembra y su cría bañándose, a la exploración del Glaciar Worthington que fluye por la ladera de la montaña en ramales hasta prácticamente la carretera, y las cataratas de cola de caballo en cuyas aguas cristalinas el atardecer dibujaba pequeños arcoiris; hasta el Thompson Pass a 2618 pies de altura (unos 816 metros), el punto donde más nieva de Alaska, y en cuyos picos asemejamos ser agrestes montañeros. La llegada a Valdez te permitía observar el Solomon Gulch, un criadero de salmones aprovechando su remonte de las aguas, y en el que esperamos contemplar a un oso pardo atrapar en mitad de su brinco a los rosados salmones en ruta hacia sus lugares de desove. Una cría de oso, en las cercanías, no nos defraudó.

 

El puerto de Valdez nos recordó la nueva fiebre del oro negro, cuando la Richardson Highway se convirtió en el oleoducto Trans-Alaska que comunica los campos de petróleo con el puerto. Valdez, donde la naturaleza de Alaska reclamó su lugar frente a los excesos del hombre por la nueva fiebre de oro, el oro negro. Valdez, otra ciudad superviviente, que nos trasladó por ferry a través del estuario del Príncipe Guillermo hasta Whittier, y de allí, en nuestra entrañable furgo, hacia Seward, donde unas preciosas yurtas se convirtieron en nuestro alojamiento los siguientes días.

 

Dejamos de ser viajeros para convertirnos en balleneros, con permiso de Melville, y montados en nuestra embarcación nos dejamos llevar por la majestuosa belleza de los fiordos de Kenai. Valles excavados por glaciares que se cernían sobre las frías aguas oceánicas en una mezcla de roca, hielo y agua habitada por una fauna salvaje inimaginable: delfines, marsopas, orcas, focas, leones marinos, águilas de cabeza blanca, nutrias, los hermosos puffins o frailecillos, y gaviotas que anidan en los huecos y salientes de los desfiladeros. Soñar con los ojos abiertos en kayaks que te permiten remar entre estrellas de mar y focas por la ensenada en la que desemboca el glaciar Aialik. Sentirse enmudecido, la respiración contenida, ante el desprendimiento de seracs (témpanos de hielo), y al divisar el canto de las ballenas rompiendo la superficie del agua, con instantes que jamás borrará la memoria como la inmersión majestuosa de la enorme cola alada de las ballenas rorcuales tras unos segundos suspendidas en el aire.

 

De balleneros, la magia de Alaska nos transformó de nuevo en montañeros. Mochila al hombro, iniciamos el ascenso al glaciar Exit, en una escarpada ruta de gran desnivel pero hermosos contrastes de paisaje, del frondoso bosque boreal del inicio, pasando por las morrenas terminales hasta el blanco campo helado del plato superior del glaciar. De nuevo, la inmensidad del campo de hielo nos desnudó y empequeñeció ante la naturaleza virgen y salvaje. De nuevo, el silencio blanco.

 

Los vínculos que nos unían, tras ser viajeros, tramperos, mineros, balleneros y montañeros, se reforzaron en la emoción de compartir durante semanas la contemplación de la naturaleza, y encontraron su lugar en las cervezas que regaron cada día y las efemérides de nuestras aventureras Susana y Bego. Momentos inolvidables que nos darían fuerzas para los últimos días.

 

Cuenta la leyenda que los lugareños tienen un pacto de convivencia con la sabia naturaleza. Sólo ellos y no ningún otro ser humano tiene la posibilidad de asentarse en estas inhóspitas tierras. Cada pequeño bar de carretera en el regreso a Anchorage por Girdwood, el recuerdo de Steve, Joy o Sue, la propietaria de las yurtas, nos evidenciaba que la leyenda tenía mucho de realidad. Por ello, no pudimos faltar a nuestro último sueño de aventura, el Gold Rush en Crow Creek. Allí, en el pequeño pueblo minero abandonado y su mina de oro a cielo abierto, decenas de actuales buscadores de oro rivalizaban por un asentamiento en el río donde cribar en busca de partículas auríferas. No nos pudimos resistir a dejarnos llevar por la quimera de oro. ¿El resultado? El mayor tesoro del mundo: las risas y el compañerismo. Como diría London, “me ví con el oro en mi punto de mira, y descubrí la ética del mundo salvaje”.

 

El regreso a Anchorage fue emocional. En la furgoneta sentía la despedida cercana, quizás condicionado por el espectáculo que ofrecía el camino a lo largo del fiordo, que sigue la orilla norte del Turnagain Arm, precioso nombre atribuido al capitán Cook cuando se vio obligado en 1778 a desandar el camino después de descubrir que no había una ruta navegable de comunicación. Quisimos parar a cada rato pero fue en Beluga Point, donde como consecuencia de las mareas se puede contemplar las ballenas entrando en el fiordo, el lugar que marcó la despedida. Allí, subido a unas rocas, contemplando el mar y perdiéndome en el horizonte recordé las palabras de Chris en Doctor en Alaska: «Miramos atrás para ver el camino que hemos recorrido y nos damos cuenta de que nuestro pasado no es un sendero solitario a través de bosques secretos, sino una vista tan grande y ancha como el mismo océano, de que nuestras experiencias alcanzan el horizonte como barcas pequeñas vistas desde lejos, absorbidas por el mar enorme». Quise guardar ese momento. Quise coger fuerzas y respirar. Quise permitirme pensar que vivir era esto, la libertad que nos ofrecía la naturaleza.

 

Dice Martín Garzo que contar es volver a vivir, pero poniéndose a salvo del desorden propio de la vida. Porque contar una historia es, por encima de todo, contemplar el rostro del que la escucha. Cuando cuento la experiencia del Gran Norte veo en los ojos de quien me escucha mi propio asombro, mi misma ilusión y el reflejo del rostro de mis compañeros de aventura. Quizás, esa amistad forma parte del verdadero Norte. Alaska, como Groenlandia, nos hace creer que todavía es posible soñar despierto, que uno puede ser trampero, buscador de oro, montañero o expedicionario, si uno quiere que suceda. Soñar cada uno con su particular El Dorado. En este sentido, la carrera del oro continúa, pero lo hace en el territorio en el que las personas se reinventan a sí mismas. Esa era la Alaska que buscábamos. Cuenta Cavafis que al llegar a un oasis perdemos el privilegio de los espejismos. Los lugares del deseo requieren la distancia que permite anhelarlos, pues el arribo supone una pérdida. No es el caso, Alaska respondía a la llamada, a la llamada de lo salvaje, a la llamada de uno mismo. Ha sido una frontera, quizás no la última. Al fin y al cabo, el mundo no es un lugar acabado, sino un lugar donde las montañas no tienen nombre…

 

ÁLVARO JACOBO PÉREZ

Comentarios (103)

  1. Jesús Torres

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    Como también decía Kavafis, lo importante es el viaje y no el destino. Gracias por hacernos partícipes de tu viaje.

  2. Damian

    Responder

    Impresionante en su belleza y en la profundidad de sus descripciones, gracias por compartir tus viajes Alvaro

  3. Joaquín Piqueras

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    Magnífico relato, Álvaro. Gracias por hacernos viajar e incluso volar con tus palabras. Un abrazo.

  4. Vanessa

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    Este relato transmite emoción y sensibilidad, además de darnos la oportunidad de sumergirnos en unas tierras fascinantes.
    Enhorabuena.
    Un abrazo.

  5. Mónica Meoro

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    Menuda aventura más bien contada, al próximo viaje me voy contigo, no por el viaje, sino para que me lo vayas relatando, porque lo que escribes hace que los sitios y las anécdotas sean más auténticas y cercanas.

  6. Pedro Pantoja

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    Como siempre Álvaro nos haces visitar los sitios donde has estado con tus palabras y a un enamorado de Jack london como yo ver alaska es un regalo

  7. Aida

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    Gracias por esta aventura de fusión con Alaska, por este recorrido por diversas vidas y naturalezas, y por la fascinación y la belleza de recorrerlas hasta llegar a tu propia vida.

  8. jose geyper

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    Impresionante relato. Invita a echarse la mochila a la espalda y acudir a la llamada del Gran Norte.
    Debió ser una experiencia impresionante.

  9. Tere

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    Que bonito, creo que es difícil escribir con más dulzura y sensibilidad…lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve con el corazón..

  10. Laura Puente Del Nido

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    Especial consigues transportarnos a un lugar lejano y desconocido sin movernos de la silla, felicidades.

  11. Luis

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    Extraordinaria aventura y extraordinario relato. Pero quienes tenemos la suerte de conocer al autor y tratarlo a diario sabemos que lo más extraordinario es la honestidad y bondad que su cabeza y su corazón destilan cada día.

  12. Naisa Baraza

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    Un relato encantador que te transporta desde el cómodo sillón de escritorio y lo más importante: hace que vibren por dentro los planes que un día, por demasiadas cosas que hacer, dejaste aparcados. Enhorabuena!

  13. Alejandro Egea

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    ¿Los abrazos en Alaska son «gélidos»? Uno fuerte y caluroso desde las Tierras del Sur. Magnífico relato.

    • Alvaro

      Responder

      muchas gracias Alejandro, los abrazos siempre dan calidez, pese a la distancia. Con tu comentario te he sentido cerca, un fuerte abrazo

  14. Andrea Gallego

    Responder

    Realmente brillante, has sabido transportar hasta nosotros un trocito de Alaska con tus palabras. Un abrazo.

  15. Elena Martin

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    Gracias por compatir este maravilloso relato con todos. Leyéndote es fácil adentrarse en esas maravillosas tierras. Sigue deleitándonos siempre.

  16. Enrique

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    Lo convierte a un relato en algo bueno, es la capacidad de poder llevarte allí donde pretende el autor… y este lo ha conseguido sin lugar a dudas!

  17. MARIA CECILIA

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    ALVARO::SIN DUDAS CADA UNA DE LAS VIVENCIAS TRANSMITEN UN SENTIMIENTO DE PASIONES Y AMOR A TODO AQUELLO QUE HACES PONIÉNDOLE EL CORAZÓN!!!!! GRACIAS POR SER ESTE MENSAJERO DE EXPERIENCIAS INOLVIDABLES,QUE LA VIDA TE DE SIEMPRE ESE TOQUE PARA HACER TODO INCREÍBLEMENTE SOÑADO,GRACIAS POR COMPARTIR Y MIL FELICITACIONES A UNA PERSONITA TAN HUMILDE Y MARAVILLOSA; DESDE ARGENTINA ÉXITOS Y QUE TU FORTALEZA SEA CADA DÍA MAYOR!!!!!! ABRAZO INMENSO CON EL CORAZÓN!!!!!!
    CECILIA

    • Alvaro

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      Ceci, gracias por tus hermosas palabras y por sentirte cerca con un gran oceáno separando nuestros caminos. das sentido a todo. Un beso

  18. Beatriz

    Responder

    Cada vez que lo leo, el viaje que yo vivo es diferente. En un momento como éste, te conviertes en modelo para quien quiere soñar y reinventarse. Si dices que las distancias y los días se pueden medir en sueños, me lo creo. Genial relato.

  19. Isabel Rodríguez

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    Increíbles descripciones, el relato te transporta a Anchorage, el cementerio de Eklutna, el Parque Nacional Denali, el Gold Rush en Crow Creek,… y preciosas frases «el idioma no es una barrera, quien no entiende una mirada no entiende una larga explicación». Gracias Álvaro.

  20. Sergio Fernández

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    ¡Que maravilla! Has sido capaz de trasladarme a esos lugares mágicos de los que hablas únicamente utilizando las palabras. ¡Enhorabuena! Un abrazo

  21. Mª Carmen

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    Nos hemos adentrado con tus palabras en un viaje apasionante a través de tus ojos. Pones todo el cariño y empeño en todo lo que haces aunque esta vez has transmitido el espíritu y el alma de un viaje que nos hace revivir contigo toda la experiencia. Mil gracias por compartilo. Besicos mil

  22. Aurora

    Responder

    Maravillosa prosa poética. Un relato vivo que te traslada directamente al corazón de Alaska, fantásticamente escrito y con citas muy acertadas.

  23. Mª Carmen Blaya

    Responder

    Nos hemos adentrado con tus palabras en un viaje apasionante a través de tus ojos. Pones todo el cariño y empeño en todo lo que haces aunque esta vez has transmitido el espíritu y el alma de un viaje que nos hace revivir contigo toda la experiencia. Mil gracias por compartilo. Besicos mil

  24. Rosa

    Responder

    Viaje extraordinario relatado por un hombre extraordinario. Gracias por acudir a la llamada de la naturaleza salvaje y sucumbir a sus encantos para hacernos soñar con el paraíso blanco.

  25. Raquel

    Responder

    «…quien no entiende una mirada, no entiende una larga explicación» y quien no se conmueve al leer tu relato, no tiene corazón. Te deseo la misma suerte que he tenido yo al encontrarte en mi camino, ¿o ha sido mi camino el que se ha guiado por tu luz? En las montañas, en los mares y ríos, en el silencio blanco, permanecen las huellas de los seres como tú…

  26. Pepe

    Responder

    Un relato precioso, propio de ti. coincido contigo en que en la naturaleza está la felicidad. Los que contamos con tu amistad y compartimos muchas horas de trabajo somos afortunados, gracias por incluirnos en tus maravillosos viajes.

  27. alvaro

    Responder

    Muchas gracias a todos! conocidos y no conocidos, me emocionan vuestras palabras. Un fuerte abrazo y de nuevo gracias por leerme

  28. Almudena Martinez Moreno

    Responder

    Me parece un relato exquisito y animo al autor a que siga escribiendo sobre Alaska u otros paraísos. Saludos

  29. julia sarabia

    Responder

    Relato fascinante para todos aquellos que amamos viajar. Gracias al autor por hacernos llegar sus magníficas vivencias….

  30. Marisa Perelló

    Responder

    Fabuloso Álvaro, con lo que me gusta viajar, me he sentido transportafa a ese mundo maravilloso de Alaska. Un abrazo.

  31. Toñi

    Responder

    Ha sido una gozada tu relato, por unos instantes me has hecho estar en armonía con la naturaleza y disfrutar del silencio blanco en un cielo estrellado y único.
    Muchísima suerte! Un abrazo

  32. Teresa

    Responder

    Merci de nous avoir partagé ton merveilleux voyage, tes expériences qui nous transportent vers le Nord et vers le fond de nos espoirs. Bien sûre, les grand voyages nous mettent devant nous mêmes en équilibre entre le meilleur et le pire de chaque un.

  33. Julia

    Responder

    Álvaro, como siempre hemos viajado contigo los que en estos momentos no podemos. Un abrazo y sigue escribiendo.

  34. María López

    Responder

    Este relato te hace sentir que el mundo tan imperfecto en el que vivimos, a través de tus palabras se vuelve perfecto. Gracias por enseňarnos a vivir.

  35. Miguel Pallares

    Responder

    Venga pesadillaaa!!!!….ahora te toca a tí cumplir tu cometido!….respecto al viaje, escritos, fotos y derivados….que te voy a decir si eres el número uno!…un beso hermano!

  36. Dani Belmon te

    Responder

    Álvaro… para quienes esas tierras son los confines inhóspitos de la Tierra inhabitable…, tu relato las convierte en una suerte de Edén mágico al que peregrinar al menos una vez… en nuestra vida. Gracias por esa narración. Es la ventana desde la que, asomados y de puntillas, tenemos la oportunidad de escudriñar paisajes y gentes, sólo con tus palabras. Aunque también con unas fabulosas imágenes. Gracias

  37. Elia Portela Del Rey

    Responder

    ¡impresionante el relato! Parece sacado de un libro definales del siglo XIX; Un viaje que tuvo que ser inolvidable. Muchas Felicidades Álvaro por este relato.

  38. Cesar

    Responder

    Lo mejor si no puedes realizar el viaje, es sin duda leer tu relato y dejar volar la imaginación…..gracias Alvaro por compartirlo.

  39. Lilián

    Responder

    ¡¡Qué bonito!! …y qué ganas me han entrado de escaparme a Alaska. Ojalá la mano del hombre no siga destruyendo paraísos como este.

  40. Francisco Ruiz López

    Responder

    Gracias Álvaro por hacer revivir de nuevo la experiencia de Alaska, aunque no la tuvimos juntos.
    Te vuelvo a dar ese abrazo que nos dimos en Anchorage.
    Espero que sigas haciéndome disfrutar con las narraciones de tus viajes.
    Un abrazo
    Paco

  41. María Teresa Riquelme Quiñonero

    Responder

    Qué más puede decirse???? que mi aventura comenzó el día en que me enseñastes a palear…

  42. Silvia

    Responder

    Una vez más nos traslada allá donde tus sueños te han guiado, y nos haces partícipe de todas las emociones y sensaciones. Gracias!!!

  43. Conchi

    Responder

    Alvaro, me encanta que le pongas palabras a los sentimientos y emociones. Disfruto leyendo todo lo que escribes por todo lo que transmite. Fue para mi un placer conocerte y compartir contigo la maravillosa experiencia de Groenlandia y reencontrarnos en Alaska. Muchos besos.

  44. Anonimo

    Responder

    Emoción, belleza, silencio, naturaleza, todo lo que imaginé que sería Alaska lo he sentido en tu relato. Enhorabuena!

  45. Daniel Aranda

    Responder

    Conmovedor relato, Álvaro! Sigues teniendo la capacidad de transportar al lector con tus palabras! Gracias por la lectura, y espero verte pronto!

  46. Maria Cercos

    Responder

    Enhorabuena por poder haber sentido ese viaje que nos muestras, pero también por hacer que sintamos esaas sensaciones. He leido el libro de Javier Reverte «El rio de la luz» y tu en esta narración me has emocionado también.

  47. Llibreria Moliner

    Responder

    Una vez más Alvaro nos haces viajar contigo con este maravilloso relato. Es un placer tener a alguien que te transporta a lugares a los que quizás no puedas viajar, de momento, con esas descripciones tan detalladas…en fin, sólo tenemos buenas palabras porque siempre nos haces disfrutar con tu lectura y con tus viajes. Felicidades, una vez más.

  48. Abj. Maya

    Responder

    Como abejas que van a la miel no he podido despegar los ojos de este viaje impresionante a unas tierras tan lejanas como interesantes. He podido disfrutar con tus palabras de toda tu aventura y después de leerte ahora quiero ir yo también. Gracias por mostrarnos Alaska en todo su esplendor. Besicos mil

  49. Rosa Ana Rodrìguez Vàzquez

    Responder

    !!CONGRATULATIONS!! por transportarnos a todos a esos parajes tan poco conocidos. Continua con tus relatos porque nos encantan a todos.

  50. María Hernández Camiña

    Responder

    Gracias por compartir tu aventura y por llevarnos con tus palabras a un lugar tan maravilloso. ¡Enhorabuena, Álvaro!

  51. Miriam Ruiz

    Responder

    Que se te erice la piel y encoja el corazón… Increíble lo que nos haces sentir al leer tu relato. Espero poder iniciar muchos viajes como este a lo largo de mi vida. Mientras tanto, aguardaré impaciente tus historias. Gracias, Álvaro

  52. Juan Luis

    Responder

    Fantástico relato. Te atrapa, te transporta, te emociona y te deja con unas ganas terribles de vivir la experiencia.

    Un abrazo.

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