MI COMPAÑERA DE VIAJE EN ISLANDIA
Este verano me enfrenté a un reto nuevo: ¡un viaje sin mi hija! Desde que nació, hace 18 años, hemos sido inseparables en nuestras aventuras. Pero esta vez, la muy traidora (es broma) se iba a Camerún con su padre. Y, claro, como la madre paranoica profesional que soy, ya me veía pegada al teléfono, consultando mapas de Google, calculando la distancia entre su ubicación y el hospital más cercano, y luchando mentalmente contra mosquitos del tamaño de helicópteros. No, no podía pasarme dos semanas así, no era sano. Así que, en un arrebato de cordura (o locura, no sé), decidí que si mi niña se iba de aventura, ¡yo también! Y qué mejor lugar para congelar mis paranoias que Islandia, el país donde hasta tus pensamientos se congelan.
Lo mejor, o lo peor, de todo: ¡viajaría con un grupo de desconocidos! Así que, confiada, contraté el viaje con Tierras Polares. Me asignaron una compañera de habitación, ¡fantástico! ¡Compartir cuarto y aventuras con una desconocida! ¿Qué podía salir mal? Ya me imaginaba las posibilidades: una ermitaña silenciosa, una yogui espiritual, una fugitiva, o, en el peor de los casos, alguien que roncara como un tren de mercancías.
Una semana antes del viaje, en julio, nos dieron ¡por fin! los teléfonos de los integrantes del grupo (yo había reservado mi plaza en febrero así que imaginad mi nivel de desesperación). Pero, ¿cómo? ¡El de mi compañera no!! ¡No había autorizado a la agencia a darlo! ¿Perdón? ¿Qué clase de persona no quiere ni conocer a la persona con la que va a dormir? Esto pintaba mal.
Por supuesto, no me iba a quedar con la duda. Así que me convertí en el «no quiero ser pesada, pero lo soy» personificado. Cada día llamaba a la agencia de Tierras Polares:
– “Hola, ya sé que me han dicho que no, pero, es que no me lo creo, debe de ser un error… – “No señora, no lo es, no nos ha autorizado a que le demos su número”. Y al fin les dije: – “¿Pueden darle el mío a ella? Ya saben, por aquello de romper el hielo antes de dormir juntas…” ¡Y lo conseguí! ¡Aleluya! Me llamó y, para mi sorpresa, resultó ser de mi misma ciudad y de mi misma profesión. Me explicó que no es que no quisiera dar su número, simplemente no se había dado cuenta de ese detalle y que había comprado el viaje unas semanas antes del viaje. “Ummm, rarita es…Pero bueno, al menos no se apellida Lecter», pensé. Parecía que todo iba viento en popa.
Llegamos a Islandia a las 2 de la mañana, bueno, más bien llegué yo porque los otros integrantes del grupo habían aterrizado en un vuelo anterior, así que ya habían tenido tiempo de conocerse un poco, y nos fuimos directos al hotel. Mi compi y yo entramos a la habitación y… ¡oh sorpresa! ¡Una cama de matrimonio! Acabábamos de conocernos y ya estábamos listas para la luna de miel. «¿En serio? Ni un café, ni una charla decente y ya me quieren meter en la misma cama con una desconocida? Soy de dormir del lado derecho ¿Y tú?».
Bajé a recepción con mi inglés de pacotilla:
— “Please… two beds, not one bed. I just met her in the airport. We are not… friends yet. You know?”
El muchacho de la recepción sonrió y accedió a separar las camas. ¡Prueba superada!
Sin embargo, con cada día que pasaba, más me daba cuenta de que mi compañera era… cómo decirlo… peculiar. Y no del tipo que colecciona sellos antiguos, no. Era del tipo que podía pasar horas en silencio absoluto y mirándome como si estuviera planificando mi desaparición.
En Akureyri, decidimos ir al Jardín Botánico. Desde el apartamento, había que caminar unos 30 minutos. Y ahí íbamos, yo toda pizpireta, como soy, haciendo comentarios sobre todo: “¡Qué bonitas las flores!”, “¡Mira ese árbol!”, “¡Qué aire tan puro!” Y ella… silencio absoluto. Ni una palabra, ni siquiera un “mmm”. Nada. Parecía que iba en modo avión, y yo intentando llenar el vacío con mi entusiasmo y mi cámara de 360 grados, y cuando revisaba las fotos, ahí estaba ella, siempre de fondo, con cara de “me quiero morir”…o,…”te quiero matar”…
Por la noche, al ver las fotos, y aprovechando que ella estaba de buen humor, le suelto:
— “Oye, si vas a salir en mis fotos, al menos sonríe un poco. No quiero tener al enanito gruñón en todos mis recuerdos.”
Y se partió de risa. Desde ese momento, empezó a llamarnos Leoncio y Tristón. Ya os podéis imaginar quién era quién.
Con ella no podías aburrirte, había momentos surrealistas. Una noche, salió de la habitación para ir al baño, y al regresar… ¡Se me tiró encima! Literalmente, ¡encima! Imagínate despertarte a las 3 de la mañana con alguien aterrizando sobre ti como un bloque de hielo. No sé si pensaba que era su cama o si intentaba acabar conmigo en mitad de la noche, pero ahí estaba, aplastándome.
A veces me despertaba en mitad de la noche porque oía crujidos. Resulta que mi compañera tenía la costumbre de levantarse a las tres, cuatro o cinco de la madrugada para comer galletas. Y yo, entre sueños oía a lo lejos cómo el crunch de las galletas rompía el silencio islandés.
Algunos días pasaba horas sin hablar, en su mundo, otros dormía como un lirón en la furgo mientras hacíamos kilómetros por los alucinantes paisajes de Islandia. Y luego, de repente, se despertaba, se encendía y ¡boom!…¡Era un torbellino! Empezaba a hablar sin parar, se convertía en la persona más graciosa y dicharachera del planeta. Tenía un humor muy peculiar, pero, oye, era inteligente y espontánea. Era como un volcán islandés: cuando entraba en erupción, ¡no paraba! Eso sí, nunca sabías qué versión de ella ibas a tener cada día, o mejor dicho, cada parte del día.
Y para que os hagáis una idea más completa de este personaje, en su maleta llevaba… ¡dos pelucas y una botella de tequila! ¿Dos pelucas? ¿A Islandia? ¡Sí, dos! Ni idea de por qué. Yo iba con mi ropa térmica y mis botitas de trekking, y ella con pelucas y tequila. ¡Nunca se sabe cuándo te puede hacer falta una peluca en medio de un glaciar, claro! No supe si era su forma de estar preparada para cualquier emergencia, pero ahí estaban, ocupando espacio en su maleta como si fueran parte del equipo básico de supervivencia.
Al final, ha sido un viaje de lo más divertido. Mi compañera era peculiar, sí, pero también era sorprendentemente graciosa; nuestro guía, Raúl, pa comérselo a bocaítos; y del resto del grupo hay algunos que sé que se quedan en mi vida para siempre, o al menos, yo pondré todo de mi parte para que así sea. Y yo… bueno, me he dado cuenta de que tengo una gran capacidad de adaptación al medio. ¡He soportado los cambios climáticos de Islandia y los cambios de humor de mi compañera! ¡Ole! Y si he sobrevivido a los trekkings bajo la lluvia y a los crujidos nocturnos, ¡puedo con lo que sea! Y por supuesto, todos sabemos que Islandia es espectacular, pero viajar con alguien que te sorprenda, ¡eso no tiene precio! Así que sí, ahora estoy más que lista para volver a viajar con Tierras Polares y dejar que me asignen a otro personaje inesperado… ¡Siempre hay espacio para más tequila y pelucas!
