Hacia Groenlandia yo volaba. Vimos rocas blancas, verde tierra y pájaros libres desde el avión. En el aire, pedimos permiso a la niebla para aterrizar en el cañón.

Una vez bajados, sentí el suelo bajo mis pies, los años y los siglos del continente, sentí los kilómetros que nos habían separado ahora reducidos a la nada. Durante esos días, sería testigo de los susurros del hielo, de la debilidad del hombre y de la potestad del viento.

A cada paso, me hundía más en la arena, en la verde hierba y su salvaje esencia. Conocí toda clase de plantas, de arbustos y de flores. Conocí la fauna de ese lugar y entendí el perfecto equilibrio de su ecosistema.

En el campamento, dormida sobre suelo virgen entre hielo, mar y hierba, me sentí sumamente pequeña. Pequeña porque la luz de la aurora boreal iluminaba todo el cielo, pequeña porqué me sentía a la merced del tiempo, pequeña porque estaba en el fin del mundo, pequeña porque aunque me encontraba en una tierra extraña mi corazón se sentía como en casa.

Sobre una barca, fui habitante de sus mares y de sus aguas. Navegué entre el hielo y la marea. Vi nacer a gigantes blancos, los icebergs, que de la misma forma que emergían de las profundidades deseaban volver para reunirse con el oscuro velo que los había guiado hasta la superficie.

Sobre el glaciar, sentí miedo y sentí pena. Miedo por mí, por la incógnita del hielo, por no saber si algún día volvería a ver ese mismo escenario. Pero lo que más me dolía era la pena por ella, por la perenne y verde tierra.

De Groenlandia yo me marcho, llena de despedidas y de momentos. Agua de glaciar en mi garganta, viento helado entre mi cabello, hielo cayendo sobre el mar, verde tierra y vivo tiempo, son las visiones y las sensaciones que habitarán por siempre en mis recuerdos.

 

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