La vuelta a Islandia en dos semanas

La reacción de la recepcionista del hotel de Keflavik, recién llegados al país, cuando le dijimos que nos habíamos encontrado con un hombre durmiendo en nuestra cama al abrir la puerta de la habitación, debió darme una pista. Digamos que nuestra sorpresa y la suya no fueron exactamente iguales.

Hice “click” en mi cabeza y me puse en modo viaje antes de ir a dormir. Por lo que fuera.

A la mañana siguiente nos encontramos desnudándonos en plena naturaleza, a pesar del frío, para bañarnos en un pequeño río de agua caliente que bajaba humeante desde la cima de la montaña que habíamos ido subiendo durante un buen rato remontando su curso. ¡Wow, no estuvo mal para empezar! A partir de ahí todo fueron nuevos impactos: Visuales, emocionales, auditivos, en silencio….

Gracias a Dani, cuyo empeño en contagiarnos su amor por la geología fue un regalo añadido, conocimos tanto los lugares más famosos del país como algunos rincones incomparables con los que esta isla te sorprende y te atrapa. Por supuesto no conseguimos memorizar esos nombres imposibles de volcanes, playas y demás, pero sí aprendimos a distinguir, por su etimología, cuándo correspondían a un glaciar, una cascada o un volcán. Y a reconocer el basalto, el magma y otras rocas. Logró eso y crear un gran equipo al que lideró, guio, organizó y alimentó de maravilla, haciendo que no echásemos de menos la comida de casa, pero poniendo a nuestro alcance todos los sabores de Islandia. Incluso nos mimaba con caprichos de chocolate que solíamos comer entre horas o mientras repasábamos las rutas diarias sobre los enormes mapas de la isla que extendía en la mesa después de la cena.

No fue fácil llegar hasta algunos lugares, pero siempre mereció la pena. Cada uno de los pasos en la dura subida a las montañas tenía su recompensa, como el enorme cráter que bordeamos por su cresta mientras alucinábamos al contemplarlo desde lo más alto. O las noches de frío y sueño a la espera de unas auroras boreales que aparecieron de repente al fin, como fantasmas en la oscuridad para complacer nuestros deseos.

Cada día pensaba que no tendría ya capacidad de sorpresa, pero volvía a encontrarme con una nueva imagen tan bestial como la anterior, cuando no más. Una catarata más salvaje, unos icebergs desprendidos del glaciar y rodeados de focas, un arco iris perfecto que rompía la hostilidad del paisaje, agua y más agua en todas sus formas. Recursos que parecían inagotables.

Definitivamente, nosotros y los islandeses no llevamos el mismo ritmo, usamos distintos parámetros, no pueden sorprendernos las mismas cosas. Porque el planeta no es igual en todas partes.

Todos los lugares que vas conociendo te dejan una marca, unas desaparecen antes que las otras. Y algunas te ponen a escribir.

No hizo falta desactivar el “modo viaje” de mi cabeza, ya se encargó de hacerlo la conversación de móvil a todo volumen que no hubiera querido oír nunca en el tren de vuelta a casa (¡sabía que me iba a arrepentir de haberle prestado mi cargador!) Había llegado la hora de volver a mi sitio. O no.

 

                                                                                                                                              Mercedes Luzzy

                                                                                                                                              16/10/2024

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *