Islandia

¡Desde donde nacen los sueños hacia donde se hacen realidad!

Pensar en Islandia es imaginar colores pintando el cielo… y sí, ese era el objetivo de este viaje, cazar auroras y tener ante mis ojos un firmamento multicolor que me demostrara que los sueños se hacen realidad.

Cumplí 34 y con estos, llegó quizás uno de los regalos más lindos que la vida pudiera darme: ¡el viaje a Islandia!

¿Lo especial? No solo serían las auroras boreales, o el hecho de aterrizar en la realidad y saber que una profe latina, colombiana para ser exacta, que día a día trabaja con las uñas por ayudar a una comunidad vulnerable a cumplir sus metas, en esta oportunidad, podría cumplir una de las suyas que tantas veces pensó lejana.

Mi procedencia: Colombia. Un país sin estaciones, con un clima tropical, más bien cercano a la mitad del mundo, sin nieve, sin auroras boreales, sin icebergs ni cuevas de hielo; de entrada, ya remarcaría lo asombroso que sería cada día de esta aventura.

Mi destino: Islandia. Un país al otro lado y más al norte de mi mundo, donde nieva, caminas en crampones, escalas glaciares, ves cascadas por doquier, y el cielo, una vez más, se pinta de colores.

Y yo, asombrada porque, aún cuando solo buscaba ver auroras boreales, aquí conocí la nieve, vi nevar, hice angelitos, la caminé, la probé, la sentí rosando mi piel y también la soporté porque mi cuerpo no estaba habituado a tales temperaturas.

Maravillada porque las auroras boreales fueron esquivas ante mis ojos y solo mostraron un par de reflejos, obligándome a tener que volver en una nueva oportunidad a cazarlas mientras danzan en el cielo.

Pero la aventura no se limitó a la nieve o a las luces en el cielo, aquí podemos también hablar de cuevas, porque, aunque en mi país hay muchas y preciosas, ninguna de hielo tan azul, como la que me permitió adentrarme en ella, o ni qué decir de los icebergs que flotan en lagunas azules o de cristales que se encallan en la arena negra.

¿Escalar? ¿Quién lo diría? Tuve que conocer los crampones y usarlos muchas veces para poder caminar sobre la nieve y escalar incluso ¡la lengua de un glaciar! Imagínate tú que yo hoy pueda tener tremenda historia para contar: caminé sobre un glaciar.

Pero también podemos hablar de cascadas y es que en Colombia hay tantas y tan espectaculares, pero no he visto ninguna congelada y con hielo a mis pies como las que me ofreció Islandia. O qué tal poder pisar esos paisajes en los que se grabaron todas esas series y documentales que desde hace varios años solo veía en la televisión y los sentía tan alejados de mi realidad.

Otra de las experiencias impresionantes estuvo marcada por la actividad volcánica de esta isla, porque, pese a que quería que me recibiera una aurora en el aire, lo primero que vi antes de aterrizar fue un volcán activo dándonos la bienvenida y ni qué decir de los vestigios que aún persisten en Islandia, con fumarolas humeantes, geiseres o aguas termales.

Como si fuera poco, Islandia es tan sorprendente que hasta permite ver las placas tectónicas de la falla que separa mi continente, el americano, del europeo.

Y es que podría seguir enumerando todo lo que amé de este país, todo lo que me emocionó hasta las lágrimas, todo lo que conocí y todo lo que me inspiró, pero, para ser breve, quiero cerrar mi texto, reafirmando la introducción: este viaje, más que una aventura, fue una confirmación de que los sueños, por imposibles que parezcan, siempre encuentran un camino hacia la realidad. Gracias a la tierra del fuego y el hielo por regalarme uno de los mejores viajes de mi vida.

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