Laponia no huele a nada… Huele al sonido de los pasos en la nieve. Haciendo camino blanco sobre blanco. El azul está allá arriba, es una burbuja gigante anclada a un centro que somos nosotros atravesando la taiga.

La taiga no huele a nada… Huele, al sonido de los pasos en la nieve. Haciendo camino blanco sobre blanco. A veces es de hielo crujiente si le metes, y le tienes que meter. A veces un cuento de nieve polvo en tres dimensiones para un sentido que no se escribe sino se siente. Camínatelo despacio y escúchalo. Es de una belleza intocable, que no te deja parar mucho porque te enfrías. Tienes que deslizarte a través de ella. No puedes pararte para agarrarla pero puedes respirártela hasta el fondo paso a paso. Como todas las bellezas, estar vivos no más…

El blanco, si lo sacudes bien es un color chachi. Lo demás lo pones tú y si no te gusta échale blanco otra vez. Todas las manos que hagan falta. Tantas manos le tengas que dar tantos paisajes a recorrer. La vida es un paisaje. Y un plato de pejines también.

Los rápidos de los ríos, dicen los que saben bien del tema, hay que atravesarlos en diagonal dejándote llevar, para alcanzar una orilla. No hay más. Te lo voy a decir así: no hay más. No lo dice el premio nobel de física cuántica sino las manos curtidas del superviviente.

Pero estamos en Laponia. Atravesando la taiga, en fila india. Todos los árboles están ahí. Nos acompañan, los tíos… Abriéndonos un paso. Nos guían. Con la nariz goteando el entusiasmo del aquí y ahora caminas, con el esfuerzo de profundizar y descubrir, con la gente que quieres, con la mochila que cargas. Blanco todo. Papas fritas y huevo. Blanco todo. Blanco para aprender, blanco para repartir. Y esa es una flecha en la diana.

 

 

¡Cuerdaaaaaaa! Hay que desplegar la cuerda. Es una buena bajada. ¿Simple o doble? Tengo que asegurar la pulka para que no se escape ladera abajo o se lleve por delante a mi compañero. Acción, presencia total. Hemos bajado, recogemos cuerda. Seguimos. Seguimos. ¿Cuánto queda? Estamos a cuatro kilómetros del refugio. Mejor no pensar que está cerca, mejor pensar que hay que dosificar y mantener el esfuerzo en acción desconectando de la espera de la llegada. Así, llega simplemente. Encender el fuego con leña y coger nieve para hacer agua.

El naranja

Dentro de las cabañas el color es el naranja. Muchos naranjas. Y está rico. No hace falta que sea mucho más receptivo. Es el naranjita de parar, de comer, de entrar en calor, de conversar y de dormir. Afuera la noche, nieve y frío. Naranja fuego de leña. Huele…